Arturo Gatti: El eco de un guerrero

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Un día de mayo, dos boxeadores se enfrentan a diez rounds. Ningún palmarés es sorprendente: por un lado, Arturo Thunder Gatti muestra 34 victorias con 5 derrotas, y Irish Mickey Ward, 37 triunfos con 11 reveses. Ambos, alguna vez, sostuvieron un título de campeón del mundo, pero esos días están lejos ya, al igual que las dos “Pelea del año” que Gatti se embolsó consecutivamente en 1997 y 1998. Sin título de por medio, la pelea contra Ward no parece tener grandes expectativas en el papel, pero incluye el atractivo de dos tipos demasiado acostumbrados a la batalla sin cuartel para no antojarse al menos entretenida. Sobre la lona, sin embargo, esa pelea del 18 de mayo de 2002 se ha convertido en una de las lecciones esenciales del boxeo: apólogos y detractores la pueden mirar con igual detenimiento. Los primeros, en busca de la pureza del deporte; los segundos, como una carta abierta en defensa del combate.

La inducción de Arturo Thunder Gatti en el Salón de la Fama del Boxeo despertó algunas controversias debido justamente a la calidad de su palmarés. Gatti mismo, a decir de Kathy Duva, quien lo representara por 16 años en la promotora Main Event, dudaba sobre su calidad como boxeador para algún día ser considerado en la lista del Salón. Sus derrotas contra peleadores de élite y sus constantes fracasos contra peleadores de técnica pulida parecían darle eco a sus palabras “No soy un boxeador técnico”, decía. “Eres especial”, lo consolaba ella, y quizás el oriundo de Cassino, Italia, residente de Montreal, Canadá, y casi hijo adoptivo de Nueva Jersey, Estados Unidos, no sabía qué tanto. Su manera de afrontar el dolor tenía la continuidad de las inmolaciones espectaculares en el cuadrilátero. Su forma de asomarse en el abismo tenía la cotidianidad de un enamorado del exceso y la parranda. Durante diez años, entre 1995 y 2005, Gatti sostuvo una cantidad apabullante de peleas de alarido; hizo del exceso de bravura su marca indiscutible y convocó a multitudes a corear su nombre en batallas donde todo parecía perdido. La mitad de los combates que sostuvo Gatti en esa década habrían bastado para destruir otro cuerpo que no fuera el suyo. Su defensa porosa y su ataque indetenible lo hacían un blanco que podía ser golpeado con frecuencia. Su quijada dura, su peligroso gancho de izquierda y su voluntad infatigable, lo hacían el hombre peligroso que sujetaba el trueno en cualquier momento para agitarlo en contra de sus adversarios.

El triunfo de la voluntad humana que se exhibe en las coreografías de boxeo cinematográficas tiene un parangón en la vida real en las peleas de Gatti. La cuidada violencia estética de Rocky II es congruente con las necesidades del argumento fílmico; la sorpresa del triunfo de un héroe vapuleado es agradablemente predecible. En el caso del Thunder, esta generosidad de triunfos fabulosos forma parte medular de su historia como ícono del box.

La primera defensa de título que Gatti hizo, en 1996, contra el puertorriqueño Wilson Rodríguez, no le pide nada al más sangrante de los héroes fílmicos. Con la cara destrozada, con un ojo derecho cegado por una inflamación descomunal, Gatti fue capaz de meter un golpe al cuerpo que dobló las piernas del retador, en el round 5. Para el siguiente round, con el médico de ring ansioso por detener un combate en el que Gatti parecía que perdería el ojo o la integridad cerebral, el orgulloso residente de Nueva Jersey metió un gancho de izquierda que desconectó a Rodríguez. Repetiría el año siguiente, cuando el californiano Gabriel Ruelas lo desmadejara con combinaciones al cuerpo y a la cara. Destruido, Gatti continuó avanzando en contra de los golpes, buscando una única combinación que lo salvara del nocaut. En el round 5, Ruelas cayó al suelo descompuesto por una serie de ganchos a la cara. No pudo continuar la pelea. Lastimar a Arturo Gatti no era garantía de detenerlo. Equivalía, a veces, a volverlo aún más peligroso. Gatti parecía capaz de escribir sobre la lona un guión digno de la memoria cada vez que enfrentaba a sus rivales. La realidad que él vivía sobre el ring es superior a cualquier ficción boxística. Sus impredecibles triunfos y sus derrotas doloras están hechas del mismo material imperecedero: el corazón de un peleador.

Basta ver su manera de perder frente a Ivan Robinson, en 1998. Tras abandonar su título de 130 libras y subir a las 135, Gatti se enfrentó a uno de sus peores años profesionales, perdiendo los tres combates que disputó. El primero de ellos, contra Angel Manfredy, detenido por un corte sobre el ojo izquierdo, que manaba sangre. Gatti, insensible a su dolor, se concentraba en infligir castigo a su oponente, un peleador con técnica evidentemente superior, que terminó al contienda con las tarjetas empatadas, pero con el triunfo por el paro técnico debido al corte. El intento de Gatti por reencaminar su carrera frente a Robinson, en su primera pelea, terminó en un fracaso por decisión dividida, en la que ambos peleadores se enfrascaron en una feroz competencia de dureza de puños y quijadas. Su derrota, de nuevo, fue la pelea más emocionante de ese año. Incluso en sus reveses, Gatti tenía la facultad de conseguir que el público se emocionara hasta los gritos.

De las varias divisiones en las que transitó, nunca fue considerado decididamente como el mejor. En sus enfrentamientos contra boxeadores de élite como Óscar de la Hoya, en 2001, o Floyd Mayweather Jr., en 2005 fue noqueado a pesar de sus mejores intentos. Sus últimos combates, contra Carlos Baldomir en 2006 y Alonso Gómez en 2007, son el testimonio de que el ritmo de su vida y sus combates necesitaba detenerse en algún punto. Como el narrador de “La línea de sombra”, de Joseph Conrad, Gatti parecía incapaz de llevar una vida a media velocidad. Ni dentro del cuadrilátero ni fuera de él. Su legado como boxeador, exclusivamente como un pugilista, se centra en eso: su entrega completa en cada pelea. No hay rounds para descanso y reacomodo en la vida boxística de Arturo Gatti. Cada pelea, cada round, cada segundo, parecen ser el momento final y decisivo. Impulsado por su amor a la batalla, Gatti convertía a casi cualquier rival en un guerrero, sacaba a flote la furia de los otros. Por ello muchas de sus victorias son tan contundentes y también por ellos sus derrotas son tan dolorosas. Es el boxeador puro, el combate sin cuartel.

La trilogía de Gatti y Ward terminó con un resultado fulgurante para Gatti. De los tres combates, perdió el primero por decisión mayoritaria y los siguientes dos los ganó por decisión unánime. Todos en diez rounds. Todos en ese terreno alejado de los títulos mundiales pero cercano a los combates trascendentales. El combate de mayo de 2002 fue la “Pelea del año” para la revista Ring Magazine, como también lo fue el de junio de 2003. Esto no fue su único triunfo. Ward, tras sus combates, se convirtió en un amigo cercano del Thunder. Nobleza pura. Aunque fue uno de sus conocidos más cercanos en el medio boxístico, no fue el único boxeador en expresar su admiración por Gatti tras pelear contra él. Gatti extraía a golpes al guerrero en el otro y por esta misma vía se ganaba su respeto.

Después de colgar los guantes en 2007, Gatti se dedicó a diversos negocios en Montreal, su primera ciudad adoptiva. Durante sus vacaciones en Brasil, en compañía de su esposa, fue encontrado muerto en la habitación de su hotel. Este acto final, cuyos detalles aún no se esclarecen del todo, podría ser el epílogo de una vida personal trágica y llena de frecuentes roces con la depresión y las adicciones. Su legado no se encuentra allí.

Sin llegar jamás a los listados de los libra por libra, el testimonio boxístico de Gatti bien puede ser el round 9 del primer combate contra Mickey Ward: un hombre peleando más allá del límite de su resistencia, sostenido únicamente por su voluntad. No hay títulos, no hay bolsas de ensueño, no hay nada más que la ejecución a nivel épico de una actividad admirada y repudiada, pero indiscutiblemente humana. Esas batallas excepcionales que los aficionados buscan en cada combate eran el territorio frecuentado por Arturo Gatti, la “entraña y sangre del guerrero”, el “Trueno” cuyo eco aún se escucha.

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