Boxeo con b de aburrimiento

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Ver a dos hombres sobre un ring ha perdido la admiración de la mayoría. Salvo algunas excepciones, las veladas del presente parecen eventos montados para provocar somnolencia o disgusto; promesas fallidas que quedan debiendo drama, acción, y una dosis amena de violencia.

'El deporte más cruel' es aceptado entre la gente con la semejanza de un tocadiscos adornando la sala de una casa: en forma de reliquia, utilizada como puente a la nostalgia, mientras como atracción de sábado por la noche sigue configurando su imagen de rival del entretenimiento -ese designio sagrado de la modernidad.

Los pugilistas contemporáneos adolecen del prestigio y la popularidad que antes gozaron sus colegas. Desde la valoración de especialistas, historiadores y adeptos, un púgil que sube esta noche al ring es menos valiente y hábil que sus antecesores. Pero el declive es generalizado. Se habla de un negocio en constante deterioro, de una industria fétida que muchos -especialmente en Estados Unidos- suelen resumir con un dicho: el boxeo está muerto.

Si el boxeo ha muerto, ¿quién carga con su cadáver? El juicio popular dicta que la culpa es compartida, aunque no siempre aceptada por los responsables: promotores sin escrúpulos haciendo negocio con organismos ahogados en corrupción, televisoras transmitiendo a boxeadores llenos de apatía, que a su vez son evaluados por periodistas y aficionados ignorantes.

Sin embargo, hay un factor rara vez señalado con la importancia que realmente tiene: el aburrimiento (una frase célebre dice que “aburrirse es besar a la muerte”). El aburrimiento arraigado al pugilismo; el boxeo como un ejercicio tedioso para quien lo observa en pleno siglo XXI. Una competición incapaz de generar estímulos potentes que obliguen al curioso a transformarse en un espectador recurrente y después, posiblemente, en un fanático; un destello que capte la atención de un potencial consumidor bombardeado en todo momento por otras ofertas más deslumbrantes.

A los grandes peleadores se les adjudica cierto genio artístico. Y al buen boxeo, una complejidad que sólo un supuesto gusto refinado o un ojo experto pueden apreciar (“el boxeo es como el jazz”). Es verdad que toda gran obra ocupa de un testigo -capaz de valorarla- que la complete. Pero pocas peleas del presente tienen el poder de conmover; los ídolos de manos vendadas han ido extinguiéndose. Así no habría de extrañarnos que uno de los boxeadores más queridos de nuestra época sea Rocky Balboa, un entrañable personaje de ficción.

Basta una indagación superficial en Google, para notar que las palabras boxeo y aburrimiento (también muerte) aparecen ligadas en numerosos discursos:The Guardian y su ranking de los boxeadores más aburridos, Óscar De La Hoya declarando que el deporte va mejor sin el aburrido de Mayweather, el campeón mundial Óscar Valdez diciendo que el boxeo sin mexicanos sería aburrido, otro joven laureado como Gervonta Davis, asegurando que no acostumbra ver en televisión ese oficio que le da sustento porque lo encuentra aburrido.

Y aparece también Chael Sonnen, antiguo peleador de UFC, manifestando que el boxeo amateur es su segundo deporte favorito, y lo considera fatalmente aburrido. Que fuera de Mike Tyson, el boxeo profesional apesta. Aclara que él fue un boxeador amateur y soñaba con las Olimpiadas. Que sabe de lo que habla. El boxeo le encanta, y apesta.

Dentro de su parloteo, Sonnen mantiene un argumento legitimo: dice que cuando le pides a un peleador que salga a competir por doce rounds, verlo es muy poco placentero. Que los comentaristas se inventaron términos como 'round de estudio'. Pero no hay nada de eso. Es un simple acuerdo no escrito. Dos tipos no pueden enfrentarse de forma intensa por 36 minutos. Así que uno se mueve un poco, y él otro después hace lo mismo. Que cuando llegan al quinto round entonces aceleran el paso. Porque no hay tal absurdo como 'ir viendo qué trae el otro', lo único absurdo es sobrevivir a ese marco de tiempo impuesto.

Joe Gans y Battlin Nelson disputaron el título mundial ligero a 45 rounds en 1906. Esta era una tendencia derivada del ocaso del siglo XIX, donde a veces se acordaban pleitos que incluían un exagerado número de vueltas. Mike Silver, en The arc of boxing, apunta que los púgiles de esa época entrenaban, como era de esperarse, con la duración de esos largos bailes en su mente. El ritmo a seguir era muy importante. Los boxeadores pasaban un buen rato forcejeando y trataban, esporádicamente, de conectar algún golpe serio. Cuando uno de ellos daba señales de cansancio, ahí el otro aumentaba la intensidad. Para 1930 -escribe Silver- muchas de esas reyertas fueron limitadas a 10 rounds o menos. La mentalidad de realizar competencias maratónicas fue desvaneciéndose y el ritmo de los bailes mejoró.

Al inicio de una pelea difícilmente sucede algo llamativo. Y si llega un nocaut prematuro, es inusual que la audiencia se queje de ello. Si la pelea ya tomó rumbo y hay un claro vencedor en las tarjetas, los últimos lapsos se vuelven fastidiosos; el virtual ganador prefiere cuidar su ventaja que arriesgarse a reñir mientras su contrincante es incapaz de generar peligro. Además, muchas contiendas quedan, desde su principio, atascadas en la monotonía y lo que termina sucediendo es una repetición de los episodios anteriores.

Hagler contra Hearns duró menos de tres rounds.

Márquez fulminó a Pacquiao en el sexto.

Corrales noqueó a Castillo en el décimo.

La noción de reducir el cronómetro parece una iniciativa sensata, en favor del espectáculo.

Debe existir alguna solución misteriosa que alimente el escaso espíritu combativo de las actuales carteleras, sin que conviertan el noble arte en una demostración escueta al estilo de BKB, empresa que hace poco intentó redimir al pugilismo quitándole varios de sus elementos modernos, pero no prosperó. Quien consiga implementar un conjunto de ideas que transformen al boxeo en un deporte ágil y grato para las masas de hoy, tiene seguramente un lugar reservado en el Salón de la Fama. Por lo pronto, la ambición modesta puede pretender restarle aburrimiento a una actividad que, en teoría, es cualquier cosa (“la representación más descarnada de la vida”, “una rendición de cuentas en medio de la multitud”) menos un festival de reproches y bostezos.

Ni siquiera un noqueador temido al que han intentado vender como una versión blanca de Mike Tyson, logra atraer a un montón significativo de televidentes. Gennady Golovkin tuvo un bajo rendimiento de ventas de pay per view en su última salida contra Daniel Jacobs; los medios tildaron dicho resultado de decepcionante. Una vez enunció un pensador que, al ser humano, acompañado o en soledad, lo acechan sus reflexiones más lúcidas cuando va de picada. Es cuando vamos en ascenso que somos engañados por percepciones exageradamente positivas sobre nosotros mismos. El boxeo, pese a su decadencia, exhibe en su toma de decisiones una soberbia de quien se siente deidad.

Si luego del fallecimiento de Duk Koo Kim en 1982, vino un acuerdo que redujo las peleas de 15 a 12 rounds para proteger a los protagonistas, así como a través de diversas etapas han existido modificaciones en las reglas del boxeo, ¿por qué no considerar otro cambio en el formato cuando lo que peligra ahora es la supervivencia de toda una tradición?

Es duro agregarle el adjetivo de difunta a una disciplina que sostiene sus propias lápidas. El boxeo no está muerto. Parte de su jerga (“contra las cuerdas”, “tirar la toalla”, “en la lona”, “pesos pesados”, “salvado por la campana”) sigue funcionando en el andar cotidiano. Tal vez podríamos declarar al pugilismo sin signos vitales el día en que abandone la memoria colectiva, y poco a poco vaya desapareciendo de nuestro lenguaje, debido a su torpeza para empatar con una realidad distinta.  

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