El costo de la guerra

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Los alaridos de la gente en una noche de boxeo comprueban que alguien está siendo lastimado arriba del ring. Algunas cucharadas de violencia son el alivio buscado por quien paga el boleto de una cartelera. Los abrazos adentro de la zona delimitada por las cuerdas, son mal vistos.

Pero la guerra como espectáculo tiene un costo. Un cargo que se va directamente a la salud y el futuro bienestar de los peleadores. Parkinson, Alzheimer. Problemas del habla. Y otro tipo de trastornos son los que acechan como una sombra a ese valiente que es festejado cada vez que golpea o permite que lo golpeen mientras ejerce su oficio.

A nosotros, nos quedaron huellas.

Ese fue el titular que apareció en La Jornada luego de la fallida representación de una pelea entre mexicanos que ofrecieron Canelo Álvarez y Chávez Jr. en Las Vegas. Quienes recordaron sus heridas de batalla fueron Israel Vázquez y Rafael Márquez, compatriotas que tuvieron -y sufrieron- cuatro enfrentamientos. El saldo, además del dinero obtenido, fue el retiro obligado de ambos porque uno perdió un ojo, y el otro tuvo que ser operado de un globo ocular.

Márquez expresó con cierto reproche: “anticiparon una guerra [Canelo y Chávez Jr.]. Nosotros la dimos y nos quedaron huellas.”  

Vázquez también refirió a su propio ejemplo: “mis peleas me costaron un ojo, pero valieron la pena porque me metí a esto para trascender y porque tenía hambre de gloria, algo que Chávez Jr. no conoce.”

Un video publicado por EsNews muestra al entrenador Robert García reflexionando sobre la cuestionada credibilidad que Canelo tiene en México, su país natal.

García, que llegó a conseguir un título mundial como boxeador, comprende la forma en que Álvarez ha sobrellevado su carrera: “Yo no lo menosprecio. Es inteligente. Está arriesgando su vida cada vez que sube al ring, por qué va enfrascarse en una guerra para complacer a los fanáticos, cuando a al final de su carrera a nadie le va a importar y él va a ser quien esté dañado o lastimado por el resto de su vida.

Las grandes batallas nunca son olvidadas por los aficionados. Sin embargo, es el peleador en soledad o acompañado de su familia quien se ve forzado a convivir con las secuelas de su profesión.

¿Qué si ellos mismo eligen ese camino?  Eso es relativo. Pero el orgullo no lo es.

Vázquez al enterarse que debía someterse a una operación para que le extirparan el ojo derecho y le pusieran una prótesis más o menos estética para disimular la herida, enfatizó: “No tengo ningún reclamo que hacerle al oficio que me dio todo, aunque me haya quitado esto.”

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