1994 y el año que cayó el país de Julio César Chávez

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Hace 25 años, México entró al año de 1994 en el umbral del primer mundo. Estaba por iniciar el último año de la presidencia de Carlos Salinas de Gortari, y se vivía la ilusión de que todo marchaba en gran forma. Por si fuera poco, Julio César Chávez había alcanzado la cumbre de su popularidad, era un campeón mundial invicto. Era el rostro de un nuevo país exitoso, triunfador. Hasta que todo se desplomó en 1994.

Unos meses antes, se había dado la apoteosis. En una noche legendaria de 1993, Julio César Chávez se había encumbrado como el ídolo de todo un país. Aquella noche se dio en febrero, cuando Julio César Chávez defendió su cetro súper ligero del Consejo Mundial de Boxeo ante el estadounidense Greg Haugen. El escenario era el imponente Estadio Azteca.

El Azteca era un símbolo. No era la primera vez que Julio peleaba en su país, pero escoger el escenario más grande de México, era un parámetro para dimensionar el fenómeno Julio César Chávez que paralizaba al país cada vez que peleaba. Ese día, el Estadio Azteca registró una entrada que rebasó los 130 mil aficionados.

Aquel México de Julio César Chávez era pujante. Se vivía el clímax del gobierno salinista y el Tratado de Libre Comercio estaba en el horizonte. Se hablaba de un país a las puertas del primer mundo y si en ese mismo año de 1993, Salinas hubiera propuesto reelegirse, muchos lo habrían aplaudido.

En ese entonces, Julio César Chávez era el mejor libra por libra en el mundo. Había ganado seis cinturones mundiales en tres pesos distintos y había derrotado a los mejores peleadores de su división. El dominio de Chávez sobre su deporte era absoluto, pues había ganado todas sus peleas, y no lo habían podido derribar una sola vez. Para México, cada round de Chávez era una probadita del primer mundo. Eran tres minutos de un país poderoso, invicto, que arrodillaba gringos y esa vez, el 20 de febrero de 1993, lo haría en el Estadio Azteca ante su propia gente.

Greg Haugen no era ningún bulto. Unos meses antes le había quitado el invicto y el cinturón súper ligero OMB al Macho Camacho y en la revancha directa perdió con el boricua en otro combate memorable. Ambas fueron decisiones divididas y peleas muy cerradas, lo que hizo creer a Haugen que tenía alguna posibilidad y entonces se le soltó la lengua. Dijo que el récord invicto en 82 peleas de Julio César estaba inflado por victorias ante “taxistas de Tijuana” y que los mexicanos eran tan pobres que no habría 100,000 personas que pudieran comprar un boleto para entrar al Azteca. 

Julio César Chávez se convertía, otra vez, en el salvador del honor patrio. El Azteca rugió cuando, en el mismo primer round, un volado de derecha cimbró el mentón del estadounidense. A 25 segundos de iniciado el combate, Haugen ya estaba tirado sobre la lona y Julio lo hizo pagar. Por cinco rounds lo castigó a placer con treinta y seis ganchos de izquierda que punzaron el hígado del norteamericano en apenas 14 minutos de combate. Los tímidos ataques de Haugen eran neutralizados por la cintura de Julio que se contorsionaba esquivando golpes. En el quinto round, Julio lo terminó. Otro volado de derecha impactó a Haugen, que quedó noqueado de pie al primer minuto del round y segundos después ya estaba otra vez en la lona. El réferi terminó parando la pelea en medio de una tormenta de golpes de Chávez. El Azteca explotó.

Esa noche Julio alcanzó el clímax en su carrera y a partir de entonces nada volvió a ser igual. Ni para él, ni para el país. Unos meses después se tropezó con Pernell Whitaker buscando ser campeón en su cuarta división: la del peso welter. Los jueces vieron un dudoso empate y esa fue la primera mancha del récord perfecto de 87 peleas, todas ganadas. Julio César empezó su declive casi al mismo tiempo en que se desprendían los alfileres en que se sostenía la supuesta prosperidad del México de Salinas.

El 1 de enero de 1994, el EZLN se levantó en armas en Chiapas y 28 días después, cayó Julio César. El verdugo fue un desconocido Frankie Randall que en el round 11 impactó un recto de derecha en la punta de la barbilla de Julio, el sonido fue seco y el campeón cayó por primera vez en su carrera. Se levantó tocado, huyó hasta el campanazo y esa imagen inédita, la del guerrero en retirada, conmocionó al país. Perdió la decisión dividida: su primera derrota.

Al caer Chávez, terminó de caer también México. Al levantamiento zapatista, siguió el asesinato de Luis Donaldo Colosio en marzo de 1994 y el año terminó en una devaluación traumática. El país volvió a su realidad.

La idolatría por Julio César Chávez, sin embargo, quedó intacta. Con sus victorias, los ídolos cargan a una sociedad sobre sus hombros. La hacen sentir mejor, poderosa, capaz. Tras las derrotas, sólo queda la nostalgia y la memoria. 

Muchas realidades se le agolparon a México como una granizada en 1994. Se desmantelaron ilusiones, sueños, y vidas enteras quedarían marcadas por un año, el año en que cayó el país de Julio César Chavez.

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