El país de Julio César Chávez

Compartir en:

Febrero se le da. En el segundo mes del año, en 2012, Julio César Chávez debutó en Twitter con su cuenta @Jcchavez115. El rumor se propagó rápidamente y en tan sólo tres horas alcanzó los 3000 seguidores. Siendo, quizás, el más grande ídolo del deporte mexicano en tiempos recientes, el timeline de Chávez rápidamente se llenó de saludos, elogios, y sobre todo, recuerdos.

Los recuerdos de un país muy diferente al actual. En un tuit, el propio Chávez dijo que apostó con su hijo Omar, quien dudaba que el César del boxeo alcance en seguidores una cifra simbólica en su carrera: 100,000. Es normal. Omar Chávez tenía apenas tres años en aquella noche legendaria de 1993 en que su padre se confirmó como el ídolo de todo un país. Aquella noche ocurrió también en febrero, cuando Julio César Chávez defendió su cetro súper ligero del Consejo Mundial de Boxeo  ante el estadounidense Greg Haugen. El escenario era el imponente Estadio Azteca. El Azteca era un símbolo. No era la primera vez que Julio peleaba en su país, pero escoger el escenario más grande de México, era un parámetro para dimensionar el fenómeno Julio César Chávez que paralizaba al país cada vez que peleaba. Ese día, el Estadio Azteca registró una entrada que rebasó los 130 mil aficionados.

Aquel México de Julio César Chávez era pujante. Se vivía el clímax del gobierno de Carlos Salinas de Gortari y el Tratado de Libre Comercio estaba en el horizonte. Se hablaba de un país a las puertas del primer mundo y si en ese mismo año de 1993, Salinas hubiera propuesto reelegirse, muchos lo habrían aplaudido.

En ese entonces, Julio César Chávez era el mejor libra por libra en el mundo. Había ganado seis cinturones mundiales en tres pesos distintos y había derrotado a los mejores peleadores de su división. El dominio de Chávez sobre su deporte era absoluto, pues había ganado todas sus peleas y no lo habían podido derribar una sola vez. Para México, cada round de Chávez era una probadita del primer mundo. Eran tres minutos de un país poderoso, invicto, que arrodillaba gringos y esa vez, el 20 de febrero de 1993, lo haría en el Estadio Azteca ante su propia gente.

Greg Haugen no era ningún bulto. Unos meses antes le había quitado el invicto y el cinturón súper ligero OMB al Macho Camacho y en la revancha directa perdió con el boricua en otro combate memorable. Ambas fueron decisiones divididas y peleas muy cerradas, lo que hizo creer a Haugen que tenía alguna posibilidad y entonces se le soltó la lengua. Dijo que el récord invicto en 82 peleas de Julio César estaba inflado por victorias ante “taxistas de Tijuana” y que los mexicanos eran tan pobres que no habría 100,000 personas que pudieran comprar un boleto para entrar al Azteca. Como Omarcito, Haugen también perdería su apuesta.

Julio César Chávez se convertía, otra vez, en el salvador del honor patrio. El Azteca rugió cuando, en el mismo primer round, un volado de derecha cimbró el mentón del estadounidense. A 25 segundos de iniciado el combate, Haugen ya estaba tirado sobre la lona y Julio lo hizo pagar. Por cinco rounds lo castigó a placer con treinta y seis ganchos de izquierda que punzaron el hígado del norteamericano en apenas 14 minutos de combate. Los tímidos ataques de Haugen eran neutralizados por la cintura de Julio que se contorsionaba esquivando golpes. En el quinto round, Julio lo terminó. Otro volado de derecha impactó a Haugen, que quedó noqueado de pie al primer minuto del round y segundos después ya estaba otra vez en la lona. El réferi terminó parando la pelea en medio de una tormenta de golpes de Chávez. El Azteca explotó.

Esa noche Julio alcanzó el clímax en su carrera y a partir de entonces nada volvió a ser igual, un reflejo del país mismo. Unos meses después se tropezó con Pernell Whitaker buscando ser campeón en su cuarta división: la del peso welter. Los jueces vieron un dudoso empate y esa fue la primera mancha del récord perfecto de 87 peleas, todas ganadas. Julio César empezó su declive casi al mismo tiempo en que se desprendían los alfileres en que se sostenía la supuesta prosperidad del México de Salinas.

El 1 de enero de 1994, el EZLN se levantó en armas en Chiapas y 28 días después, cayó Julio César. El verdugo fue un desconocido Frankie Randall que en el round 11 impactó un recto de derecha en la punta de la barbilla de Julio, el sonido fue seco y el campeón cayó por primera vez en su carrera. Se levantó tocado, huyó hasta el campanazo y esa imagen inédita, la del guerrero en retirada, conmocionó al país. Perdió la decisión dividida: su primera derrota.

Al caer Chávez, terminó de caer también México. Al levantamiento zapatista, siguió el asesinato de Luis Donaldo Colosio en marzo de 1994 y el año terminó en una devaluación traumática. El país volvió a su realidad, pero la idolatría por Julio César Chávez quedó intacta. Con sus victorias, los ídolos cargan a una sociedad sobre sus hombros. La hacen sentir mejor, poderosa, capaz. Tras las derrotas, sólo queda la nostalgia y la memoria. En 2012, Julio César Chávez llegó a Twitter apelando al recuerdo. A recrear los otros tiempos del otro país. En una sociedad lastimada, el ídolo quiere sostenerla otra vez. Por eso, la apuesta de Omarcito está perdida: Julio volvió a meter 100 mil.

¿Te gustó?


223