La noche trágica de Salvador Sánchez

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La madrugada del 12 de agosto de 1982, Salvador Sánchez falleció en un accidente automovilístico. Tenía 23 años, era campeón mundial de peso pluma, y a su corta edad ya era uno de los mejores peleadores mexicanos libra por libra de la historia. Su partida dejó tiempos sin conjugar, historias por escribir. La forma en que falleció dejó preguntas sin respuesta.

Tres décadas después, el boxeo se sigue preguntando qué ocurrió aquella madrugada trágica. Apenas 22 días antes de su fallecimiento, había derrotado por nocaut técnico en el último round a Azumah Nelson, un futuro miembro del Salón de la Fama, en una pelea titánica. Sánchez ya había iniciado sus entrenamientos para enfrentar a Juan Laporte el 15 de septiembre en Las Vegas.

Quizás la crónica más detallada de las últimas horas de Salvador Sánchez la realizó Alejandro Toledo en su libro “De Puño y Letra”. Ese primer día de entrenamiento, el miércoles 11, Salvador Sánchez se subió a su Porsche 928 por la tarde y salió del campo de entrenamiento en San José Iturbide, Guanajuato, con rumbo a Querétaro que estaba a unos 55 kilómetros de distancia. Basado en los testimonios recogidos, Toledo asegura en su crónica que Salvador “recibió una llamada, se puso inquieto” y tomó las llaves del auto. Buscó una coartada para escabullirse de su entrenador, don Cristóbal Rosas, y se fue sin decir a nadie su destino. Se salió con la suya, usando un engaño, tal como lo hacía sobre el ring, según el historiador Bert Sugar:

“Su estilo y su aspecto eran únicos. En su cara, combinaba la apariencia inocente de un niño del coro con un notable parecido a Popeye, y se completaba con una mandíbula de gran tamaño que parecía como si por sí misma pudiera abrir latas. Como Popeye, tenía dos ojos disparejos de naturaleza decidida, uno proyectaba cálculo, el otro devastación. Atravesada en esa mandíbula había una media sonrisa, jugando malévolamente en sus labios, que lo hacía ver como el gato que recién había comido queso y se sentaba frente a la cueva del ratón respirándole el tufo. Y peleaba también de esa manera, lanzando señuelos a sus oponentes, atrapándolos con contragolpes bien articulados luego de que ellos lanzaran su ataque, a menudo cambiando por completo el destino de la pelea. Peleando con total desapego, este púgil pensante podía mantener control de sus emociones, de la pelea y de sus oponentes en todo momento”.

Con ese mismo desapego, Salvador Sánchez se fue. Su entrenador, Cristóbal Rosas y su asistente, el Patillas, lo esperaron infructuosamente hasta la noche. Don Cristóbal optó por irse a dormir. El Patillas, según Toledo, lo esperó despierto hasta las dos de la mañana del jueves 12 de agosto.  Casi a la misma hora en que el Patillas se fue a dormir, Salvador Sánchez salía de una reunión en Querétaro “con un grupo de admiradores”, según la crónica de Alejandro Toledo, y tomó la carrera para regresar a San José de Iturbide.

“En el kilómetro 14 un camión de los llamados ‘rabones’, con placas de circulación H-7892, dio alcance al Porsche blanco (placas LNM-622) por la parte trasera y lo proyectó de frente contra un camión Dina Torton, placas 6166.AH. El campeón se golpeó con el volante en la ceja izquierda; el toldo le rasgó el cráneo; esta última sería la herida fatal, su único y tristísimo nocaut”, narra Toledo.

El campeón había caído para siempre. Rápido corrió la noticia y fue don Cristóbal Rosas quien acudió a la morgue, reconoció el cuerpo de Salvador Sánchez y rompió en llanto.

Salvador Sánchez vivió con la misma prisa que imprimía a su Porsche. El 2 de febrero de 1980, con 21 años, noqueó a Danny “Coloradito” López para coronarse campeón mundial pluma del CMB. Está entre los 10 peleadores mexicanos más jóvenes en ganar un campeonato del mundo. Se fue del mundo igual de rápido, a los 23.

Murió pronto, sí, y murió triunfador. Su rostro, aquel que describió magistralmente Bert Sugar, tendrá siempre ese aspecto infantil, esa media sonrisa perenne cruzándole la gran quijada. Su rostro permanecerá fresco, joven, triunfador. Su legado ya no es solo lo que logró, ya no es solo Wilfredo Gómez, Danny López o Azumah Nelson, sino también lo que prometía lograr. Su legado es también la fantasía de los hipotéticos, el triunfo sobre Alexis Argüello, o sobre Julio César Chávez. Salvador Sánchez, como el Cid Campeador, sigue ganando batallas, aún después de muerto.

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