La patria está en el buen trato

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Ray Beltrán suele decir que está acostumbrado a pelear con todo en contra. De alguna forma toreó los rumbos escabrosos que le deparaban en México, su país natal, y pudo atrapar una buena cantidad de éxito que lo puso en lugares privilegiados con los que otros solo sueñan: como en el gimnasio Wild Card de Los Ángeles siendo el sparring predilecto de Manny Pacquiao, o como en las páginas de Rolling Stone México, donde publicaron un breve perfil suyo.

Nacido en Los Mochis, Sinaloa, Beltrán emigró a Detroit, Michigan a los 19 años impulsado por la creencia de que en el otro lado de la frontera habría puertas más fáciles de abrir en el negocio de los golpes. Pero la recepción en tierras estadounidenses no fue tan grata como Beltrán presentía, y volvió a cambiar de lugar.

En Phoenix, Arizona halló un hogar donde vivir con su familia. Y desde entonces, aunque cuenta con visa de trabajo, uno de los objetos más anhelados por Beltrán no ha sido precisamente un campeonato del mundo, sino la residencia.

Hace dos semanas Beltrán avisó que su siguiente pelea era de vital importancia pues una victoria le podría ayudar a tramitar la green card, y así perdería la constante preocupación que le genera su estatus migratorio. Prometió que cuando obtuviera el preciado documento, iría a uno de los edificios de Trump a mostrarlo.

El 20 de mayo Beltrán noqueó al peruano Jonathan Maicelo en Nueva York. Y aunque no se ha sabido nada sobre si cumplió su promesa, el entusiasmo de Beltrán por quedarse a vivir en Estados Unidos lo llevó a expresar en una entrevista con Boxing Scene que estaría dispuesto a ir a la guerra por ese país en caso de ser necesario.

“Estamos en una nación llena de oportunidades. Mis hijos nacieron aquí, son estadounidenses. Ya lo he dicho antes, iría a la guerra por este país. Soy un mexicano orgulloso, esa es mi tierra, pero Estados Unidos es como mi mejor amigo.”

En una ocasión, Beltrán salió al ring a disputar una pelea de campeonato con el número 43 en su pantaloncillo, en referencia a los 43 estudiantes de Ayotzinapa. Hace poco le dijo al diario La Jornada que fue un reclamo debido a la inestable -por decir algo- situación que atraviesa el país.

“Lo hice como una forma de protesta, sobre todo porque estoy lejos. Quiero mucho a mi país, pero me desespera tanta corrupción. Hoy, lo digo con dolor, a veces pienso que mi país está jodido sin remedio. Yo sólo regreso si me sacan de acá.”

Con su nocaut sobre Maicelo, Beltrán se ganó el derecho a disputar por cuarta vez un título mundial. Aún no ha logrado ganar uno. Quizá a esas alturas otro ya se habría dado por vencido, pero la fortaleza mental de Beltrán lo arroja siempre a sitios que en un principio aparentan ser insospechados, pero después que uno escucha hablar al mexicano las cosas recobran sentido.

“La única persona que puede derrotarte eres tú mismo, te caes y levantas. Nadie más. Aquí no puede haber culpables sino razones para ver hacia arriba y la manera de ganarles es demostrando que no pueden [otras personas] más que tú.”

Esa es una declaración que aparece en una de las páginas de Rolling Stone México. En ese mismo reportaje, Beltrán acude a su niñez como fuente de resiliencia, para paladear su origen, para evitar a toda costa no volver ahí jamás.

“Crecí como la mayoría de los mexicanos, en un ambiente de esfuerzo y lucha constante; pero mi caso fue más difícil, porque yo no tenía tres comidas, mi techo era una casa de cartón y no contábamos con servicios como luz o agua. Cuando tenía cinco años me dedicaba a vender flores de cempasúchil. Y me acuerdo que mi primer cheque se lo di a mi mamá para que nos comprara tortillas.”

Beltrán entró a un gimnasio siendo un niño. De grande, ya como profesional, llegó a sentirse muchas veces ignorado por promotores, incapaz de amarrar buenas peleas. Firmó con Don King y no le fue bien. Él asegura que su carrera se ha forjado gracias a la ayuda de amigos y demás gente ajena al boxeo. Tiene 35 años. Y desde muy chico sabe que la patria está en el buen trato.

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