Mike Tyson y las palomas, una mirada a su corazón

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El Mike Tyson de 1990, unos días antes de su histórica derrota ante Buster Douglas, era un ser impredecible caminando en la cornisa, al borde del abismo. Eran los demonios rondando por la mente y el corazón de un peleador que de cierta forma había logrado dominar esos demonios y llevar su furia a un ring. Pero podían regresar en cualquier momento. Los pequeños detalles que podían hurgar en la oscura nobleza de su corazón eran igual de bizarros e impredecibles.

En Tokio, a horas de pelear con Douglas, Mike Tyson visitó el zoológico siempre seguido por las cámaras y las multitudes. De pronto, Tyson tomó una paloma entre sus manos, y le explicó a la gente que a un pollo lo puedes matar torciéndole el cuello hasta arrancarle la cabeza. Y ahí estaba Tyson, al borde del abismo, impredecible, con una paloma en sus manos, y los asistentes cerrando los ojos temiendo una exhibición de sadismo. Era la tensión característica de Mike Tyson que generaba fascinación en los aficionados, era como ver una película de terror tapándose un ojo y espiando por el otro. Pero de pronto, Tyson suavizó sus dedos con delicadeza y la paloma voló. Todos respiraron tranquilos.

Y es que el amor por las palomas es precisamente uno de esos pequeños detalles en los que se puede hurgar en el corazón de Tyson. Así fue como se hizo peleador.

Mientras transitaba de la infancia a la adolescencia, Mike Tyson estaba lejos de ser el chico más temido del rumbo, y en realidad era el objeto de las burlas y los abusos de quienes lo rodeaban. Hasta que un día, todo cambió. Mike guardaba algunas palomas en la azotea de un edificio, las cuidaba, las alimentaba. Un día llegó uno de los muchachos que solían molestarlo y tomó una paloma.

Tyson rogó que no la lastimara, que se la devolviera, pero el chico, riéndose, le torció el cuello al animal, le arrancó la cabeza y tiró el cuerpo aún convulsionándose a los pies de Mike. Ese fue el punto. Ahí cambió todo. Por primera vez en su vida, Mike Tyson peleó.

“Alguien había cruzado una línea”, escribe su biógrafo Peter Heller en el libro Bad Intentions: The Mike Tyson Story. “Y desde ese momento, ya no había marcha atrás, Mike Tyson ya no sería el niño abusado que había sido. Pelear era nuevo para él. No sabía qué hacer pero su instinto, su furia ciega, su ansiedad de revancha, su miedo, sus emociones al límite. Todo eso se había desbordado y atacó como un animal arrinconado”.

Le dio una golpiza al muchacho que era mayor que él y por primera vez salía triunfador con sus puños. Se había abierto la caja de pandora. La violencia, la agresividad y el instinto animal de Mike Tyson habían salido al mundo. Con 12 años, era un niño endurecido por la calle, y se convirtió en un criminal hasta terminar en un centro penitenciario para menores.

Tyson llegó golpeando y volcando su agresión contra los otros reclusos. Hasta que conoció el boxeo y empezó a dominar sus demonios bajo las enseñanzas de Bobby Stewart, uno de los consejeros del reclusorio que había sido campeón de los Guantes de Oro unos años antes.  Hasta el mismo Muhammad Ali visitó el reclusorio para intentar motivar a los internos, una visita que dejó una honda impresión en Tyson que empezó a entrenar la dulce ciencia. Y sus demonios internos se domesticaron, su comportamiento se volvió ejemplar, aprendió a leer y a escribir y en tres meses avanzó el equivalente a tres grados escolares. Mientras tanto su cuerpo ya llegaba a 90 kilos de puro músculo en el gimnasio.

El boxeo empezaba a ser la forma de encarrilar la vida de Mike Tyson de canalizar su furia, su instinto animal. Por eso luego vimos lo que vimos sobre el ring, porque esa era la forma que tenía Iron Mike para contener su maldad, sus demonios, al menos por un tiempo. Y todo por una paloma.

Por eso en 1990, cuando Tyson estaba en Japón, al borde del abismo, con su vida a punto de irse en picada, aquella paloma lo llevó al origen, le tocó el corazón. Cuando todo mundo esperaba el sadismo, Mike Tyson hurgó en su corazón. Y la paloma voló. Hoy, Mike Tyson, ya fuera de los encordados, sigue luchando por contener sus demonios y sigue cuidando palomas.

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