in

A dos segundos de la gloria: Las descarnadas memorias de Meldrick Taylor y su derrota contra Chávez

A dos segundos de la gloria: Las descarnadas memorias de Meldrick Taylor y su derrota contra Chávez

Dos segundos es el instante de tiempo que marcó la vida de Meldrick Taylor, dos segundos, y la eternidad del breve instante que lo separó de una victoria histórica sobre Julio César Chávez el 17 de marzo de 1990. Dos segundos, un aplauso, un parpadeo, un relámpago.

Casi 20 años después, en 2009, Meldrick Taylor escribió un libro. Eran sus memorias, que casi se leen como si él mismo quisiera convencerse de que lo que pasó aquella noche en Las Vegas fue una conspiración. No de la mafia del boxeo, sino una conspiración que la vida y el destino mismo jugaron contra él.

Con solo leer el título que Meldrick Taylor le dio a sus memorias, es suficiente para sentir el dolor de aquella derrota: A Dos Segundos de la Gloria.

En su libro, Meldrick Taylor escribe un recuerdo descarnado de su pelea con Julio César Chávez. De los instantes, las secuelas, el duelo, y el consuelo.

17 de marzo de 1990

Meldrick Taylor y Julio César Chávez se enfrentaron en una pelea unificatoria. Taylor, invicto, joven, rápido, electrizante, campeón olímpico, era el monarca súper ligero de la FIB. Chávez, invicto, pleno, duro, incesante, poderoso, era el campeón del CMB en la misma división.

Era el choque inevitable. Los dos mejores súper ligeros, en camino al estrellato absoluto, buscaban ser la nueva cara del boxeo, tan solo un mes después de que Mike Tyson cayera noqueado en Tokio contra Buster Douglas.

Meldrick Taylor lo sabía.

Tengo una velocidad de manos cegadora. Puedo lanzar una combinación de cuatro golpes antes de que mi rival suelte el primer golpe. Chávez, por el otro lado, es conocido por su impresionante poder de golpeo. Era la metáfora del toro y el matador. Yo tenía que alejarme del toro, y hacer que fallara.

Era muy raro que dos campeones jóvenes estuvieran dispuestos a enfrentarse tan pronto en sus carreras. Pero algo característico de mí es que siempre tuve una valentía inmensa. Sabía que era inevitable que nos enfrentáramos. Estábamos en ruta de colisión. Chávez reinaba supremo como el campeón a vencer. Estaba noqueando a todos los rivales. Cuando lo reté, su récord era de 68-0. Yo sabía que podía destronar a Julio. Mi nombre sería reconocido como un gran campeón Libra por Libra.

Poster original de la primer pelea entre Meldrick Taylor y Julio César Chávez
Poster original de la primer pelea entre Meldrick Taylor y Julio César Chávez

Meldrick Taylor ante Chávez, alcanza el pináculo de su boxeo

Taylor comenzó dominando la pelea. Con su relampagueante velocidad de manos, conectaba combinaciones de golpes que impactaban en un Julio César Chávez. El mexicano asimilaba el golpeo, pero que no dejaba de ir al frente, de cortar el ring, de cerrarle las salidas al ágil Taylor. Y de buscar cualquier lapso en que el tiempo se detenía para empezar una demolición.

Meldrick dominaba, sumaba puntos, ganaba rounds. Con velocidad, precisión y boxeo. Hasta que algo cambió en la pelea.

En el tercer round me metió el pulgar en el ojo y me nubló la visión. Todo se me empezó a mover, me decepcioné un poco pero mantuve la esperanza. No podía creer que mi esquina no tuviera una plancha para desinflamarme el ojo. Tenía una inflamación en el párpado.

Esta pelea era demasiado importante como para no tomar todas las precauciones necesarias, sobre todo, considerando la magnitud de la pelea. Pensaba lo extraño que era, que mi cutman me metiera vaselina en la nariz, porque eso me impedía una mejor respiración.También me puso vaselina en las cejas, y estaba sudando tan profusamente, que me empezaba a quemar los ojos. El cutman me intentaba frenar la inflamación con una bolsa de plástico llena de hielos.

“No puedo ver, tengo visión borrosa. Veo tres imágenes de Chávez“, le decía a mi entrenador Lou Duva.

“Pégale al de en medio”, me respondió.

La funesta decisión de Taylor de quedarse en el terreno corto

Su falta de visibilidad hizo que Meldrick Taylor empezara a quedarse más en el intercambio en corto. Era el terreno favorito de un cazador como Julio César Chávez. Esa decisión que tomó Taylor, marcaría el curso del combate.

Abandoné mi estrategia de boxear, de pegar y salir. Decidí quedarme lo más cerca posible de Chávez, porque tenía mayor oportunidad de conectar golpes.

Mi vista no estaba bien. Veía dos Chávez enfrente, y cambié toda mi estrategia para compensar la falta de visión. Le estaba ganando adentro, atacando el cuerpo con dobles y triples ganchos.

En esa distancia, Chávez alcanzó a Meldrick Taylor. Ahora era poder contra poder, y Julio demolía a Taylor con golpes arriba y abajo para irlo minando. Y Taylor acusaba recibo.

Se suponía que ese tipo de pelea era el de Julio César Chávez. Intercambiamos muchos golpes. Sin embargo, yo me estaba llevando más desgaste. En los últimos rounds de la pelea, estaba peleando solo con valentía e instintos, intercambiando golpes tremendos. Le metí mucho corazón para seguir en la pelea y dar una guerra a pesar de mi condición.

Iba en camino a cautivar al mundo con mi tremenda velocidad de manos. Vandalicé a Chávez con un arsenal de combinaciones al cuerpo y la cara, repetidamente, sin parar. Mi actuación había sido una obra de arte que le estaba pintando la cara a Chávez como si fuera Picasso.

En su esquina le imploraban a Chávez que hiciera más porque veían que yo le estaba ganando la pelea. Le pedían que lo hiciera por su familia. Sonaba como una petición desesperada para que se diera el milagro.

Grave error: Meldrick sale a ganar el último round

Pero Meldrick Taylor, a pesar de ir ganando la pelea, estaba destruido de pie. En el descanso antes de salir al último round, en su esquina recibió una instrucción que, tal vez, terminó por costarle la pelea.

Nadie podía imaginar lo que pasaría en ese último round. Estaba ganando en las tarjetas de los tres jueces. Era evidente que iba en camino a la más dulce victoria.

Mi manejador me dijo que necesitaba ganar el último round. Y yo confiaba en mi esquina. No quería dar nada por seguro. Cuando estás peleando ahí adentro, no sabes realmente cómo van las cosas, así que tomé el consejo de mi esquina y fui a tratar de ganar el último round. Estaba dispuesto a morir. 

Pero en ese tipo de pelea, Meldrick Taylor estaba sentado en un barril de pólvora, y la pólvora estalló, caprichosamente, en el último round de una pelea que el estadounidense llevaba ganada.

El barril de pólvora estalló en forma de mano derecha. Con pocos segundos en el reloj para terminar el último round, Chávez por fin pudo arrinconar a Taylor en una esquina. Y no lo desaprovechó.

En ese último round, yo estaba demostrando lo que demostré en toda la pelea. Era el más agresor y le estaba ganando. Pero actué con descuido, perdí el equilibrio, trastabillé, y él hizo que yo me girara y me fuera hacia una esquina. Eso le dio el ángulo para tirar la mano derecha y conectarme en la mandíbula. Nunca vi venir esa mano derecha. Me pegó desde el lado ciego y lo que único que supe es que estaba tirado en la lona. Aquella mano derecha fatal me dio en la mandíbula.

La caída de Taylor

Taylor cae. Y, a partir de ahí, transcurren menos de 15 segundos que, en la memoria de Taylor, en la de Chávez y en la de millones de aficionados al boxeo, corren en una dramática cámara lenta. El público que rodeaba el ring, se pone de pie, levanta las manos. La arena del Hilton parece rugir.

El estadounidense, sacudido, sorprendido, lastimado, demolido, se levanta rápido, aunque con apuros. Se sostiene de las cuerdas para poder hacerlo.

Mis instintos rápidos y mi repulsión a la derrota me decían que me levantara. Todo pasó muy rápido. Todos los que miraban la pelea vieron cómo me levanté. Logré sujeté de las cuerdas para mantener el equilibrio. Me fui a la lona con 12 segundos en el reloj antes de que terminara el último round. Me levanté con el conteo en 6 y miré a mi esquina.

Taylor está de vuelta en pie. Pero se tambalea, su cuerpo oscila de un lado a otro, sostenido de las cuerdas con el guante. El réferi, Richard Steele, le busca la mirada a Taylor. Nunca la encuentra.

Me di cuenta que mi entrenador Lou Duva subía los escalones rumbo al ring en la esquina, mirándome, y eso me distrajo por un momento. Es por eso que no estaba mirando al réferi. Pero tenía la conciencia para saber lo que estaba pasando a mi alrededor. Escuché que el réferi me preguntó si estaba bien. Le respondí asintiendo con la cabeza, diciéndole que sí estaba bien.

El réferi tenía que haber estado bien alerta a lo que pasaba y prestar atención a lo que Chávez estaba haciendo. Él no estaba en la esquina. El réferi tenía que haberle indicado que se fuera a su esquina, y la pelea se habría terminado.

La luz roja en la esquina se encendía y se apagaba indicando que eran los últimos 10 segundos. Si Richard Steele se hubiera dado cuenta de que eran los últimos 10 segundos del round, se habría dado cuenta también de que la caída era intrascendente. Pero él, de forma despiadada, me paró la pelea.

Con 5 segundos en el reloj, Richard Steele está a punto de pelearle la pelea a Mledrick Taylor contra Chávez
Con 5 segundos en el reloj, Richard Steele está a punto de pelearle la pelea a Meldrick Taylor contra Chávez

Steele, controversialmente, le para la pelea a Taylor

Para asombro de todos, con dos segundos en el reloj, Richard Steele me paró la pelea. Yo estaba confundido. No lo podía creer. Me robó la pelea.

Con solo dos segundos en el reloj, y con Meldrick Taylor de pie, Richard Steele decidió terminar la pelea y darle el triunfo a Julio César Chávez. “Increíble, no lo puedo creer, Richard Steele le para la pelea con solo cinco segundos en el reloj”, exclamaban al unísono los narradores de HBO.

Lou Duva, entrenador de Taylor, entró enfurecido al ring, señalándole a Richard Steele el foco rojo en la esquina a unos cuantos centímetros de donde ocurrió el desenlace. Era el foco rojo en cada poste que se encendía en los últimos 10 segundos, alertando que el round, y la pelea, estaban por terminar. No había forma de que Richard Steele no supiera que el round estaba a nada de terminar, y consumar el triunfo de Meldrick Taylor.

La gente entró en euforia por Chávez, pero mi esquina estaba furiosa. Duva se volvió loco, enardecido por lo que había pasado. Yo estaba en shock, con una sensación de incredulidad.

Hicieron ver a Chávez como si hubiera hecho lo imposible. Era dramático para los narradores de HBO, pero fue traumático para mí. Todo el mundo vio la injusticia en esa decisión. Parecía como si todos supieran lo que iba a pasar, menos yo. Tuve muchas sospechas sobre cómo terminó esa pelea. A dos segundos de la gloria, la pelea se convirtió en la más infame controversia de la historia.

Meldrick Taylor, las preguntas, las dudas, las sospechas

Mientras Chávez se regodeaba en la narrativa de la épica que marcaría la más notable gesta de su carrera, en la mente de Meldrick Taylor todo eran preguntas, dudas, sospechas.

Con la conmoción que provocó la forma en la que terminó la pelea, todos se echaban la culpa. ¿Fue culpa de Lou Duva por decirme que necesitaba ganar el último round y de George Benton por haberle dado la razón? ¿Fue una distracción que Lou Duva se subiera al ring mientras el réferi Richard Steele me preguntaba si estaba bien para seguir? ¿O fue culpa de Richard Steele no reconocer la luz roja que se encendía y se apagaba en la esquina anunciando que estábamos en los últimos 10 segundos? ¿O quizás Steele estaba en la nómina de Don King, y buscaba hacerle los regalos para vender su alma por un premio de esos que corrompen la mente, sabiendo que cuando haces un favor lo puedes cobrar después en una apuesta casi segura?

Richard Steele era un réferi profesional experimentado y era ridículo que no tuviera el panorama como para identificar cuánto tiempo le faltaba al round.

El daño estaba hecho. Todo lo que ocurrió esa noche, cambió la vida de Meldrick Taylor. No solo los estragos de los golpes, sino el daño emocional de sentirse robado de una victoria histórica.

Tras la derrota contra Chávez, mucha gente quiso ser empática con la forma en la que perdí. No creían que fuera correcta la forma en la que el réferi me paró la pelea. Casi parecían disculparse a nombre de Richard Steele por la mala decisión. Me decían que no podían creer lo que había hecho Richard Steele al parar la pelea con dos segundos en el reloj. Que seguramente Richard Steele estaba comprado. Que si se lo topaban le dirían que se había equivocado.

Aunque apreciaba esas palabras lindas y apoyo sincero que me daban, me cansé de eso. Me llegué a sentir frustrado de escuchar cosas sobre la mala suerte que viví. Llegó a un punto en que se volvió algo pesimista de escuchar.

Nunca pude dejar ese recuerdo atrás, porque todos me lo seguían recordando. Tuve que volverme antisocial porque me irritaba escuchar una y otra vez sobre la derrota con Julio César Chávez. Lo había escuchado un billón de veces. Me cansé de escuchar cosas sobre esa pelea.

Meldrick Taylor y una derrota de pesadilla contra Chávez

Las imágenes de esos larguísimos 15 segundos se siguen reproduciendo en la memoria de Meldrick Taylor. Se adueñan de sus días, pero más de sus noches.

Sentía un enorme pesar de haber perdido esa pelea en la forma en que lo hice. Habría preferido que me noquearan pronto en la pelea, que perder con solo dos segundos en el reloj. Habría sido más fácil vivir con eso. Tenía mucha ansiedad y tenía pesadillas con esa pelea. Me despertaba por las noches con visiones de Richard Steele moviendo sus brazos para detenerme la pelea.

En las pesadillas, todo cobraba vida otra vez. Veía a Chávez, veía a Steele. Les volvía a reclamar. Todo era tan real, tan palpable.

Mi cara reflejaba una emoción petrificada. Era el estrés emocional que viví de que me robaran la pelea con solo dos segundos en el reloj. Eso me sacaba el aire del pecho, me dejaba sin respiración. Era irreal; no podía creer que estuviera ocurriendo. Veía a Richard Steele y quería reclamarle lo que estaba haciendo, decirle que no podía hacerme eso. Que no era lo correcto. ¡No pares la pelea! Dominé toda la pelea ¿y Chávez me gana con solo dos segundos?

Meldrick Taylor se refugió en la religión. Ahí, dice haber encontrado la paz. O al menos, intenta convencerse de que así es. De que todo pasa por algo. De que todo tenía que pasar así.

Hoy, el trauma de la pelea ya está resuelto en mi cabeza, y encontré consuelo. Ya me resigné. Sé y. entiendo por qué sucedió, y nada pasa de forma fortuita.

Ese era mi destino.

Avatar for César González Gómez

Written by César González Gómez

Fundador y Director General de IZQUIERDAZO. Obsesivo del periodismo deportivo y el marketing digital. Siempre en búsqueda de las grandes historias del deporte. Ha escrito de deportes en VICE, Remezcla, Publimetro, Juanbeisbol, Cuarto Bat, FAST Mag, y muchos medios más.

Estos peleadores disputarán el primer título en el nuevo peso Bridger

Estos peleadores disputarán el primer título en el nuevo peso Bridger

Dónde ver la pelea de revancha de Alexander Povetkin vs Dillian Whyte, en qué canal y a qué hora

Dónde ver la pelea de revancha de Alexander Povetkin vs Dillian Whyte, en qué canal y a qué hora