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El Chino, Ginobili y el idilio argentino en San Antonio

Hay rincones en lugares encantados, ciudades mágicas, países con un aura especial. Lugares que invitan a enamorarse, que propician el momento ideal, de esos que dejan huella, emociones profundas que se escriben con tinta indeleble en la memoria  de las personas; así como también existen de esos lugares que se escriben en la memoria colectiva de un grupo determinado, de una población, de una ciudad. Lugares que al mencionarse inmediatamente, como por arte de magia, traen fugazmente recuerdos a la memoria. Hay dos condiciones fundamentales para que esto suceda: una experiencia emotiva y un lugar significativo.

¿Qué uruguayo no conoce al mítico estadio Maracaná? Lugar de grandes gestas deportivas donde Uruguay, en contra de todos los pronósticos, ganó el mundial de fútbol ante el combinado local de Brasil y ante su gente en la recordada final del 16 de julio de 1950. O qué argentino o brasileño fanático del futbol no conoce y siente especial cariño por México y un estadio como el Azteca que tuvo como grandes protagonistas a Pelé, primero en la final del mundial de 1970, y 16 años después a Maradona en la del 86. Lo mismo ha de pasarles a los españoles con el polvo de ladrillo de las canchas de tenis Roland Garros, en París, donde su representante de élite, Rafael Nadal es amor y señor y hasta la fecha lleva ganados ocho Grand Slams. El mundo en general a Sudáfrica, país que albergó al mundial de rugby de 1995 y su hoy difunto ex Presidente Nelson Mandela entregando la copa al capital de los Springboks que fue todo un símbolo de unión e igualdad racial. Los fanáticos del boxeo también tienen su lugar, cada vez que evocan Manila, en Philipinas, donde los míticos Muhammad Ali y Joe Frazier protagonizaron una de las más – sino la más –  épicas batallas que hayan existido; y tantos ejemplos más que de cuya simbiosis entre retina, oído y corazón lleguen directo al cerebro y se manifiesten en gratos recuerdos y gloriosos momentos.

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Hay 8, 270 kilómetros que separan a Buenos Aires de San Antonio, Texas, pero antes del Chino Maidana ya había un lazo muy fuerte hermanando a ambas ciudades: Emanuel Ginobili y Fabricio Oberto. Ginobili que es sin lugar a dudas el máximo referente argentino en el baloncesto nacional e internacional, arribó a San Antonio Spurs en año 2002 y fue tal su conexión con el equipo texano que ya recién llegado obtuvo su anillo de campeón en la NBA, al cual luego sumaría dos más en las temporadas 2005 y 2007; en paralelo a cómo crecía su influencia como jugador en su equipo también comandaba a la selección argentina de básquet a lograr un subcampeonato en el Mundial de Indianápolis 2002, a ganar la presea dorada en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004 y, repetir una medalla de bronce en los juegos de Pekín 2008. Luego del éxito argentino en Grecia la franquicia de Peter Holt fijó sus ojos en otro de los baluartes argentinos: Fabricio Oberto quién llegase a los Spurs en 2005 y logró junto a Tim Duncan, Tony Parker y el mismo Manu Ginobili el anillo de la temporada 2007.

 Es posible –  y me incluyo – que muchos argentinos fanáticos del deporte en general hayan sentido cierta tranquilidad cuando se supo que la pelea entre Marcos Maidana y Adrien Broner se disputaría en San Antonio, puesto que es una ciudad emblemática para dos de nuestros grandes deportistas, que aunque en distintas disciplinas supieron ganarse el cariño y la admiración del público estadounidense y por sobretodo el  latino, con los mexicanos a la vanguardia. Si hay algo que el público destacó tanto de las actuaciones de Ginobili, Oberto en el AT&T Center, como del “Chino” Maidana en el Alamodome, ambos de la ciudad de San Antonio, es que por ninguno de los tres se esperaba mucho, pero que aún así en base a esfuerzo, coraje y por sobretodo profesionalismo dieron al público local algo de qué enamorarse de la Argentina, y a los argentinos en particular una nueva ciudad, lugar y rincón donde sentir la seguridad de que algo mágico puede llegar a pasar.

 

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