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Morochito Rodríguez, y el primer oro olímpico de Venezuela

Siempre me ha resultado curioso, digno de crónicas y ensayos, que las dos medallas de oro que tiene Venezuela vengan de deportes de enfrentamiento uno a uno. La primera fue con el boxeo y la segunda con esgrima. No sé si esto habla de la idiosincrasia completa del venezolano, pero sin duda habla de la agresividad que tenemos en la sangre.

“Apoteósico recibimiento atributa la afición deportiva al púgil cumanés Francisco Morochito Rodríguez, el primer venezolano en conquistar una medalla de oro en Juegos Olímpicos”,  así narraban la llegada de Morochito a tierras venezolanas en el año 1968 la Televisora Venezolana, cuando ganó su medalla de oro en México después de vencer a Jee Yong-Ju en el peso minimosca del boxeo olímpico.

Raúl Leoni Otero era el jefe de estado en el momento. Éste le otorgó el reconocimiento de la Orden Francisco de Miranda Tercera Clase y Morochito recordaba sus inicios en el arte de los hematomas. Sin un padre biológico, vendiendo pescado con su abuela y sin recibir educación formal. El boxeo parecía la única opción. Sus entrenamientos comenzaron de la mano de Pedro Acosta y más tarde, con profundidad, con el maestro Ely Montes Marcano, entre otros.

“Yo le dije, ya hice el peso y ahora te voy a ganar”, recuerda Morochito en una entrevista para la Televisora Socialista, cuarenta años después de su triunfo. Lograr el peso exacto no fue nada fácil: Orlando Bohórquez, presidente Fundación Ídolos del Boxeo, recordaba cómo tuvo que “botar todo el líquido posible, caminar, comer ají picante para escupir e inclusive sacarse los frenillos ‘por si acaso’” para descartar cualquier gramo, y esto se convirtió en motivación para la pelea.

El 12 de octubre de 1968, dirigido por Ángel Edecio Escobar, ahora en el Salón de la Fama del Deporte Venezolano, la pelea fue diferente a cualquier otra en su vida. Había practicado en un ring pequeño, no estaba acostumbrado a tirarse a las cuerdas y la técnica no valía más que el corazón. Pero no hubo obstáculo que detuviera la determinación del púgil venezolano. Se dice que Morochito prendía un velón todos los días, rezando para ganar los Juegos Olímpicos, y que el día de la pelea final, olvidó encenderlo. Así que su victoria fue suya, más allá de cualquier Dios.

“Lo que más lamenté de los Juegos Olímpicos de México fue enfrentar, en mi primer combate, al cubano Rafael Carbonell. Era mi amigo y lo eliminé. Hubiera preferido combatir con él en la pelea final, para que se quedara con la medalla de plata”, comenta Morochito.

Cuando Boleslaw Idziak levantó la mano del venezolano, la historia del boxeo nacional cambió por completo, al menos por un tiempo. Durante algunos años, los boxeadores tuvieron la oportunidad de formarse en la disciplina por placer, y no como forma de escapatoria al no tener recursos para estudiar. Tenían un héroe del cual fijarse.

“Morochito Rodríguez es parte de ese movimiento boxístico que inició la empresa Gondell, del comentarista Carlitos González y el narrador Delio Amado León a mediados de los 60. Aunque esta empresa era de boxeo profesional y Rodríguez nunca lo fue, muchos cumaneses de la época se sumaron a ese movimiento que convirtió a Cumaná en la capital del boxeo”, relata Simón Piña en “Venezolano en la cima del podio olímpico.”

Para comienzos de los años setenta, Morochito conseguiría otra medalla de oro al ganar el primer lugar en los Juegos Panamericanos de Cali, Colombia, de 1971.

El boxeo profesional nunca llegó para Morochito. Se cuenta que poco después de la medalla oro, firmó un contrato para pelear profesional, pero antes de comenzarlo, llevó a su madre a una evento para mostrarle cómo era el deporte en su mayor escenario. En algún punto, el bucal sangriento de uno de los peleadores aterrizó encima de la madre de Rodríguez, quien automáticamente comenzó a rogarle que no tomara el camino del boxeo profesional.

En el 2012, el atleta Rubén Limardo Gascón ganó la segunda medalla de oro de Venezuela en la disciplina de la esgrima. Al regresar a su país, bajándose del avión, lo recibió Francisco “Morochito” Rodríguez con un abrazo, para unir las dos medallas doradas del país que brillan en cada batalla de cada atleta que sueña con hacer historia.

 

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