Entre abucheos, Guillermo Rigondeaux gana decisión dividida y es nuevo campeón gallo de la AMB
Entre abucheos, Guillermo Rigondeaux gana decisión dividida y es nuevo campeón gallo de la AMB
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Entre abucheos, Guillermo Rigondeaux gana decisión dividida y es nuevo campeón gallo de la AMB

Fiel a su controvertido estilo, Guillermo Rigondeaux se llevó un triunfo por decisión dividida la noche del sábado frente a Liborio Solís para coronarse campeón mundial AMB, ahora en peso gallo, su segunda categoría.

Como suele ocurrir en las peleas del Chacal hubo unos momentos de virtuosismo, otros de fanfarronería, algunos más de aburrimiento; hubo también destellos de pelea en la trinchera, de explosividad de manos en el cubano. Y por supuesto, abucheos.

Parecía que habíamos encontrado a un nuevo Rigondeaux cuando el cubano salió en el primer round a pelear en lo corto. Él y Liborio se colocaban cabeza con cabeza, golpeándose abajo como maquinitas de cuerda, al viejo estilo. Era un tipo de pelea como el que Rigondeaux había hecho en su pelea anterior frente a Julio Ceja. Por fin, pensábamos, Rigondeaux ha entendido que el deleite es para los aficionados y no para él.

Pero el encanto se terminó cuando un gancho de izquierda de Solís sacudió a Guillermo Rigondeaux hasta las entrañas. A punto estuvo el Chacal de irse a la lona. Sobrevivió el resto del primer round abrazándose y colgándose de Solís mientras recibía más castigo, y se tambaleaba. En el último par de segundos, otro gancho, ahora de derecha volvió a sacudir a Rigondeaux. El Chacal terminó lastimado el primer round, y se antojaba una pelea corta.

Ahí se acabó el nuevo Rigondeaux, y apareció el Rigondeaux de siempre. Ajeno al espectáculo, camino el ring a su antojo.

Ese gran impostor llamado Guillermo Rigondeaux

Estudia al rival, se para, se puede quedar parado ahí por minutos. Si el rival no se mueve, él tampoco. El ritmo frenético del primer round, quedó muerto ahí mismo. El segundo round terminó entre abucheos.

Pero Rigondeaux se alimenta de los abucheos, su estilo de boxeo se nutre de ellos. Lo animan a seguir irritando. El tercer round se peleó entre la bulla sonora del público en la arena. Pero Guillermo Rigondeaux no se inmutaba, había sentido la pegada de Liborio Solís y ya no corría riesgos. Sigue estudiando, estudia eternamente. Tercer round de abucheos.

La pelea entró en un pasmo. Desde el tercer hasta el sexto round, cada round era una copia al carbón. Abucheos, Liborio Solís desesperado arengando a Rigondeaux a pelear, y el cubano impasible, en lo suyo. Finta, finta, finta, y nunca entra.

Desde hacía un par de rounds, el público se había cansado de abuchear. Se fue a dormir. La arena era un silencio, estaba distraída, en sus teléfonos, cuando empezó el séptimo round.

De pronto, un upper de izquierda de Rigondeaux sonó en toda la arena. El sonido del cuero rompió el silencio del público. El upper que despertó a la arena de su siesta. Liborio entraba cuando Rigondeaux ya lo estaba esperando; el upper entró nítido y seco sobre la barbilla. Liborio parecía noqueado de pie, y Rigondeaux fue por él. Dos, tres golpes secos más, y Liborio sacó medio cuerpo del ring. El réferi intervino y parecía que detenía la pelea, pero en realidad era que había que dar conteo. Era una caída.

Esa intervención del réferi salvó a Liborio del nocaut que parecía inminente. Rigondeaux intentó terminar al venezolano, pero no pudo acabar la obra. Solís se recuperó, empezó a sacar manos, y el cubano volvió a su ritmo de siempre.

En el décimo round, Rigondeaux volvió a encontrar a Solís. Un recto de izquierda entró duro a la barbilla de Solís que se tambaleó de nuevo. Y otra vez, Rigondeaux no pudo liquidar el combate.

El público había salido de su marasmo, porque Rigondeaux mostró poder en esos tres rounds. Parecía que el nocaut podía aparecerse. Rigondeaux tiene poder en las manos, y cuando se decide a usarlo, puede noquear. Y cuando puede hacerlo, pero no quiere hacerlo, produce irritación.

Y en eso, el round 11 mostró otra faceta de Rigondeaux. La del virtuoso. Dueño total del ring, el cubano desplegó un boxeo de juego de pies, de belleza. Liborio lo atacaba, y Rigondeaux se quitaba cada uno de los golpes con un ligero movimiento de cintura, estaba en la distancia perfecta. Todo finamente medido para mover la cintura solo lo suficiente para que el guante del rival pasara a milímetros de su rostro. Era un boxeo de perfección.

Cuando Solís se iba al frente, Rigondeaux daba ligeros pasitos hacia atrás para quitarse esos golpes. Rigondeaux demostraba velocidad, era económico de movimientos. Se quedaba parado, con la guardia abajo y se quitaba los golpes de Solís. Ya habíamos visto el lado irritante, el lado poderoso, y ahora veíamos el lado virtuoso de Guillermo Rigondeaux, el boxeador en el que conviven ángeles y demonios en cada round.

En el round 12 volvió la irritación. Los abucheos potentes, sonoros, unánimes. Rigondeaux fanfarroneando, sobre las puntas de los pies, lejos, sobrellevando el round. Con un ojo en Liborio y el otro en el reloj. Contando los segundos para marcharse de ahí. Rigondeaux se divierte, baila, fanfarronea, irrita, exhibe a Solís. Lo que a él divierte, al público irrita. Esa es su concepción de espectáculo. El espectáculo es solo para él.

A pesar de que la victoria parecía una cómoda decisión unánime, uno de los tres jueces vio otra cosa, y la decisión, entonces, fue dividida. Uno vio 115-112 para Rigondeaux, otro vio 115-112 para Solís, y el último vio 116-111 para Rigondeaux.

En la entrevista sobre el ring al terminar el combate, los abucheos eran más fuertes que nunca para Rigondeaux. Le preguntaron sobre eso.

“No, para nada”, dijo Rigondeaux desafiante, divertido y entre risas. “Mira la bulla lo que me da. Nada”.

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