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Héctor y Julio: La larga historia detrás de la pelea de Julio César Chávez y el Macho Camacho

Héctor y Julio: La larga historia detrás de la pelea entre Julio César Chávez y el Macho Camacho

“Cuando el dinero sea el correcto, haremos esa pelea”, fue una promesa que Héctor “Macho” Camacho y Julio César Chávez se hicieron uno al otro a mediados de los 80, cuando Héctor comenzaba en las 135 libras y Chávez iniciaba su reinado en súper pluma.

El manejador de Camacho, Jimmy Montoya, quería que Héctor esperara un par de peleas hasta que sintiera que Chávez estaba listo para hacer una pelea de ese calibre. Ya era calculador y despiadado, pero Chávez aún no se había desarrollado en el icono mexicano que cambiaría el escenario del boxeo para su país. Nadie podía negar, sin embargo, que solo pensar en esa pelea era algo sumamente tentador como para pasarlo por alto.

Aunque no lograron enfrentarse en el punto más alto de sus respectivas carreras, ambos peleadores siempre mantuvieron la mirada, uno en el otro. Sus historias, las de los dos, estaban llenas de dolor.

Héctor

Héctor, de 4 años, junto a su hermana Raquel y su madre María, escaparon de un padre abusivo cuando dejaron Puerto Rico a mediados de los 60. Mientras la familia peregrinaba de un departamento a otro, el padre de Héctor dio con ellos, y se quedó el tiempo suficiente como para procrear dos hijos más con María. Eventualmente, la familia Camacho se mudó, y Héctor también.

El karate fue su primer amor. Emulando apasionadamente a Bruce Lee, Camacho pegaba de saltos en las azoteas del Harlem latino para perfeccionar su oficio. Sin embargo, un nuevo amor por el boxeo remplazó al karate, y esa nueva travesía inició con un entrenador duro, pero que sabía lo que hacía, Bobby Lee Velez, o Robert Lee, que también creció en los mismos multi familiares de Johnson Projects, y con los mismos sueños que Camacho. Durante los tiempos más turbulentos que vivió el Harlem latino, el joven peleador se mantuvo lo suficientemente enfocado para ganar tres campeonatos de los Guantes de Oro de la ciudad de Nueva York. Se volvió profesional en 1980, y cuando ganó su primer título mundial, el súper pluma del CMB que le ganó en 1983 al veterano Bazooka Limón, de México, Héctor le compró una casa a su mamá en Puerto Rico.

En mayo de 1983, el Macho Camacho fue portada de la revista KO. Tres meses antes de noquear a Bazooka Limón y coronarse campeón mundial por primera vez
En mayo de 1983, Camacho fue portada de la revista KO. Tres meses antes de noquear a Bazooka Limón y coronarse campeón mundial por primera vez

Julio

Nacido tan solo dos meses después que el Macho Camacho, Julio César Chávez creció en un vagón de tren en Culiacán, México, donde su padre trabajaba como conductor del ferrocarril. Lidiando contra la pobreza, el joven Julio se levantaba a las 4 de la mañana para ganarle a sus competidores en la venta del periódico al grito de “Sol, Debate, Noreste”, las publicaciones populares de su tiempo.

Chávez, a los 10 años, se fascinó con el súper gallo mexicano, Juan Antonio López, y se enfrascaba en duras batallas con Pilly, la hermana de López. Ante la insistencia de López, Julio se presentó con Ramón Félix, el manejador que con quien daría sus primeros pasos en el profesionalismo. Como Héctor, Julio también juntó su dinero, y le compró a su madre una casa en el mismo tierregal donde había crecido en aquel vagón de tren. Por un tiempo, él y su nueva esposa, Amalia, vivieron con ellos. 

Julio se coronó campeón mundial por primera vez el 13 de septiembre de 1984, noqueando a Mario “Azabache” Martínez y quedándose con el título súper pluma del CMB que estaba vacante.

Hijos de Latinoamérica

Cuando Julio César Chávez y el Macho Camacho se conocieron en los círculos boxísticos en los años 80, rápidamente se hicieron amigos. No había ningún tipo de animadversión entre ellos.

Quien viera a Camacho en 1983 veía a alguien que sabía marcar tendencias. Lentes de diseñador; una cadena de oro, pesada y reluciente, con la placa de Macho colgando del cuello; pantalones negros de cuero, y conjunto deportivo Adidas en negro con amarillo. Héctor exudaba confianza; era apuesto, seguro. Se acomodaba cuidadosamente un pequeño rizo de cabello colgando sobre su frente, el fleco podía resistir 12 rounds intacto en su lugar.

Se proclamaba como el “Chico de los 80”, y ¿quiénes éramos nosotros para contradecirlo? Nada estaba fuera de su alcance. Contundente en ambas arenas, la identidad del Macho fuera del ring empataba perfectamente con su personalidad dentro de él. Caía bien, y en consecuencia, los fans le llegaban con facilidad.

La única cosa contra la que Camacho combatía, era contra aquellos que se rehusaban a verlo como un verdadero puertorriqueño. Sus detractores consideraban que había pasado demasiado tiempo en Nueva York como para serlo. En algún punto, Camacho proclamó desafiante, “Soy puertorriqueño, pero si no me quieren, olvídenlo. Seguiré siendo el Macho”. Camacho lo tenía todo, pero ese vínculo cultural con lo suyo, era lo que más anhelaba. 

Y al igual que muchos peleadores latinos, Julio César Chávez hablaba poco inglés, y batallaba para conseguir fans en Estados Unidos, a pesar de su récord inmaculado. Estaba floreciendo una hermosa relación entre Chávez y el pueblo mexicano, pero esa falta de exposición en Estados Unidos lo frenaba. Inseguro al intentar hablar inglés, fue solamente con su obra sobre el ring como Julio logró comunicar con un público nuevo. 

José Torres escribió con abundancia sobre el machismo latinoamericano, y sin duda habría anotado a Chávez entre los “súper machos”. Sabedor de los sacrificios que Chávez había ofrendado, el pueblo mexicano lo amó sin condiciones. El vínculo era indestructible.

Pero de cualquier manera, Julio César Chávez bromeaba que nunca podría volver a casa si perdía contra un puertorriqueño. Con ello, Julio ayudó a marcar los dos polos que fueron tan incendiarios para el público.

México vs Puerto Rico

Se olfateaba en el ambiente una legítima animadversión cada que un peleador puertorriqueño se enfrentaba a uno mexicano. Y otro boricua, Edwin Rosario, el Chapo, tampoco hizo nada para apagar ese incendio que empezaba a arder en el patio latinoamericano.

Rosario y Chávez estaban programados para pelear el 11 de noviembre de 1987 en el Hilton de Las Vegas, por el campeonato mundial ligero de la AMB. Habiendo enfrentado al Chapo Rosario un año antes, el Macho Camacho sabía cómo actuar. Especialmente, porque la de Julio y Rosario era una pelea de la cual la gente no podía parar de hablar. Sin quedarse un instante quieto en su silla, ahí estuvo Héctor con ellos, para ser el centro de atención.

“Entramos a la conferencia de prensa, y el Macho estaba vestido en una capa azul translúcida”, recuerda su amigo Tim Cinnante. “Parecía como lencería de mujer. Traía unos pantalones negros pegaditos a la piel, y unos lentes dorados, al estilo Elvis. El Macho camina hasta la mesa de la prensa, y se para frente a Chávez y Rosario, se pone las manos en la cintura, y grita, ‘Es la hora del Macho. Soy el verdadero Macho man’. Julio César Chávez se reía, pero Rosario, que ya había perdido una apretada decisión dividida el año anterior contra el Macho Camacho, no estaba nada divertido. Se robó el show, y ni siquiera era su pelea”.

Pero ahí estaba el Macho Camacho, desde 1987 rondando a Julio César Chávez, para marinar una pelea que parecía inminente. Héctor y Julio sabían que se enfrentarían; lo que no sabían, era cuándo. Seguramente, ninguno de los dos imaginaba siquiera que tendrían que pasar cinco años más.

Chávez vs Rosario, con Camacho como testigo

En la previa a la pelea, Chávez casi se fue sobre Rosario cuando el boricua señaló que Julio había construido “su récord contra tipos que iban saliendo de la cantina, y que peleaba como amateur”. Julio contestó rápidamente, agitado, “¿qué va a hacer cuando me pegue y yo no me caiga? ¿va a correr como lo hizo contra (José Luis) Ramírez? No lo creo”. Y Julio César Chávez le prometió a Rosario que se iba a “comer sus palabras”.

Chávez descargó su furia sobre Rosario en una golpiza a la que asistieron 8,151 aficionados. El Chapo había subido a Mike Tyson al ring con él, pero necesitaría mucho más que eso. Vapulear a Rosario llevó a un emotivo Julio hasta las lágrimas. 

Héctor se marchó de la arena impresionado con el despliegue del peso ligero mexicano, pero a la vez intentando convencerse a sí mismo de otra cosa. “No porque (Chávez) le ganó a Rosario de mejor forma que yo, quiere decir que sea mejor que yo. Es cuestión de estilos”.

Sin embargo, Héctor vio a su compatriota Rosario salir con un ojo izquierdo grotescamente desfigurado, con un corte en el ojo derecho, y una inflamación en la nariz. Esa imagen se quedó grabada en su mente.

Confirmaba lo que había visto desde ring side. Camacho solo necesitó escuchar el sonido seco del gancho izquierdo de Julio golpeando el cuerpo de Rosario, seguido por un upper de derecha en el mismo primer round. Entendió Héctor, que aun con un estilo frontal y una velocidad de manos que apenas llegaba a ser respetable, Julio implicaba dificultades serias. El Macho Camacho no había podido lastimar a Rosario; Julio César Chávez lo demolió. La mano derecha y el gancho izquierdo de Rosario lastimaron a Héctor; Julio simplemente caminó sobre esos mismos golpes.

Camacho alcanzó el pináculo del boxeo en agosto de 1985, al dominar a José Luis Ramírez, zurdo mexicano de buena pegada. Pero Héctor fue incapaz de capitalizar el éxito de esa victoria sobre Ramírez. En lugar de construir sobre esa victoria con su entrenador, Jimmy Montoya, Héctor fue absorbido por la depresión, los problemas personales y la falta de disciplina.

Héctor estuvo presente en la arena cuando Julio demolió al Chapo Rosario
Héctor estuvo presente en la arena cuando Julio demolió al Chapo Rosario

Rutas distintas hacia un mismo destino

Mientras sus carreras avanzaban, Chávez construía algo grandioso; Camacho, por el otro lado, siempre estaba reconstruyendo. Los rumores surgían de que el promotor Don King mantenía a Chávez en las 130 libras, para postergar una pelea con Camacho en 135. Solo le permitió a Julio subir a las 135, cuando Héctor se había marchado a las 140.

Entre 1987 y 1989, Camacho solo peleó cinco veces, y sufrió la primera caída de su carrera profesional en el primer round de su pelea contra Reyes Cruz, en 1988. 

Julio, sin embargo, tenía el nombre de Héctor Camacho bien presente en su mente. El 13 de mayo de 1989, Chávez le ganó el campeonato mundial súper ligero del CMB a Roger Mayweather. Con ello, se coronaba en su tercera división, y por fin llegaba a las 140 libras, la división en la que Camacho reinaba por un nuevo organismo, la OMB. Pese a ganar el título, Julio reconoció que no se vio de la mejor forma contra la Mamba Negra. Minutos después de ganarle a Mayweather, y aún plantado sobre el ring, Julio le recordó a Héctor que tenían un asunto pendiente.

“Quiero a Camacho”, lanzó Chávez. “Con esta pelea que no me vi muy bien, Camacho va a querer pelear conmigo, y lo voy a estar esperando. Espero que Camacho ya no corra más y pelee conmigo. ¡Come on, Camacho, come on!”

 

El resurgimiento de Héctor

La coronación de Julio en las 140 libras coincidió con un aparente resurgimiento de Héctor. Camacho apenas pudo vencer a un veterano Ray “Boom Boom” Mancini para coronarse campeón mundial de la OMB, pero se vio mejor un año después al ganarle de forma unánime a Vinny Pazienza en Atlantic City. 

Para agosto de 1990, Héctor firmó para pelear con su otrora sparring Tony Baltazar en Las Vegas. Ya no podía darse el lujo de una victoria discutible o cerrada, como contra Mancini. Requería una actuación rotunda donde desplegara sus maravillosas aptitudes boxísticas, que parecían estar durmientes. Tras arrasar a Baltazar con combinaciones durante 12 rounds, Héctor se llevó la decisión unánime y se posicionó de nuevo en la discusión para pelear contra Julio César Chávez. Su promotor, Dan Duva, parecía en éxtasis.

“Creo que fue su mejor pelea en cuatro o cinco años”, dijo Duva con la futura pelea de Julio y Héctor en la mente. “La gente aún quiere ver a Camacho. Vende boletos. Me demostró que la de él y Julio César Chávez sería una pelea tremenda”.

Bailando sobre la pista de una disco en su la fiesta posterior a la pelea, Camacho cantaba. “Uno, dos y lo mejor está por venir. ¿Chávez? ¡Hah!”.

El aguafiestas Greg Haugen

La única persona que podía arruinar lo inevitable entre Héctor y Julio era Greg Haugen. El abogado del Macho Camacho, James Levien, logró cerrar un contrato para asegurar la pelea con Julio César Chávez y parecía cómodo de ir directamente hacia la mega pelea con el mexicano. Pero Levien no podía entender cómo Héctor rechazaba esa idea.

“Estábamos armando algo bueno”, recuerda Levien.

Los que tenían confianza, como Levien, intentaban disuadir a Héctor de enfrentar a Haugen, pero el Macho no cedía. Públicamente, calificó la pelea contra Haugen, como “de preparación” en una conferencia de prensa previa. En represalia, Haugen se fue a la yugular y sacó el tema de Héctor y su consumo de drogas. Ambos marcaron su línea. 

Desde las semanas previas al combate, Haugen desafiaba los pronósticos, aunque como única referencia de Camacho, tenía una sesión de sparring que ambos habían realizado en 1983. Se suponía que debía ser el show del Macho, pero Haugen no lo dejó apoderarse totalmente de la escena. En el pesaje, Haugen se mofó de Camacho, a quien veía “severamente deshidratado”.

Cuando finalmente los peleadores se encontraron en el ring, el 23 de febrero de 1991, Haugen provocó a Héctor rehusándose a tocar guantes al comienzo del round 12. Luego, inició una treta para lograr una controversial deducción de punto cuando hizo que un desesperado Camacho lanzara un golpe ilegal.

Julio César Chávez estaba en la arena, viendo todo desde ringside, esperando pacientemente que terminara la pelea para subir al ring a felicitar al Macho Camacho, y hacer oficial su pelea con él. Nunca pudo hacerlo.

El esperado triunfo de Héctor sobre Haugen era la última pieza del rompecabezas para que todo quedara listo para la pelea contra Julio, fechada para el 15 de septiembre. Pero Héctor perdió por decisión dividida.

“Recuerdo cuando Héctor peleó contra Greg Haugen”, explica el analista de boxeo Larry Merchant. “Le di el crédito cuando merecía el crédito, pero lo que (Héctor) fue contra Haugen ya no se acercaba a lo que había sido en los días en que era joven, ambicioso, y trataba de dar un golpe de autoridad. Con Héctor, yo sentía que pelear no era su máxima prioridad, y que lo que ocurría antes de la pelea y entre los rounds, sí era su prioridad”.

Duva, promotor de Héctor, se apresuró a ofrecerle a Haugen un millón de dólares por la revancha inmediata para realizarse lo más rápido posible, el 18 de mayo de ese mismo 1991. Aparentemente sin afectación por la derrota, Héctor juró venganza. Pero Julio tuvo que mirar hacia otro lado.

“Ya no me interesa (una pelea con Camacho)”, dijo Chávez. “Pelea con tipos como este por nada, y ahora no puede pelear por mucho dinero. Es un tonto”.

La realidad de Julio y Héctor en ese momento

Sería injusto decir que Héctor se sentía intimidado por Julio. Camacho era duro, había crecido de forma muy difícil, y había visto mucho como para dejar que otro peleador lo asustara. Las huellas de las calles del Harlem latino estaban bien marcadas en su identidad. 

Luego de la derrota contra Haugen, en febrero del 91, ya no era el mismo Macho Camacho, pero no era porque hubiera madurado. Más bien, Héctor parecía ver algo en Julio que sabía, muy en lo profundo, que no tendría capacidad de superar. En el pináculo de su carrera, Héctor utilizaba su velocidad, sus instintos, el movimiento, la defensiva y la agresión para conformar un paquete perfecto. Peleadores altos, habilidosos, con alcance y buenos pegadores, todos sucumbieron ante un Héctor brillante. Sin embargo, con el paso del tiempo, pequeñas partes de aquel Héctor se iban cayendo como capas de pintura. Y ese era el único aspecto de su carrera que el Macho no podía controlar.

En el pasado, Camacho podía hablar y hablar para convencerse a sí mismo de que la victoria era inminente. Aunque Héctor aún se movía bien sobre el ring, y conservaba su velocidad de manos, no tenía nada para contragolpear a ese despiadado cazador que era Julio. A diferencia de otros peleadores que se basaban en la presión, Chávez acosaba, cazaba, cortaba el ring, mezclaba su golpeo y lo hacía con precisión. El viejo adagio de que puedes correr pero no esconderte, nunca había sonado más real. Incluso, desde las tinieblas de una derrota inminente, Julio había perseguido a Meldrick Taylor hasta alcanzar la presa y liquidarla.

Camacho siguió en lo suyo. Hizo la revancha con Haugen, y vengó su derrota de tres meses antes por decisión dividida con una victoria, también por decisión dividida. Sacando lo mejor de sí, Haugen sabía que su habilidad para controlar el espacio, quedarse en el rango medio, y contragolpear con efectividad, eran cosas que se le complicaban a Héctor. Sus dos peleas dan cuenta de lo difícil que era Haugen en su mejor momento, pero también eran un síntoma de que Camacho se alejaba ya del nivel de élite. 

Todos los caminos llevan a Julio

Sin embargo, todos los caminos llevaban a Julio. Y el Macho Camacho se aparecía en todas las peleas de Julio César Chávez. Su primera parada fue en la pelea de Julio contra Ángel Hernández el 19 de abril de 1992 en la Ciudad de México. Según Gladys Rosa, la traductora, Chávez miró a Camacho durante el pesaje, y le dijo, “Voy a demostrar que soy el mejor. Porque muchos americanos no creen que yo soy el mejor”.

Minutos después de noquear a Ángel Hernández en el quinto round, Chávez volvió a retar a Camacho.

“En septiembre voy contra el Macho Camacho“, dijo Chávez. “Espero que ya no corra. La pelea está firmada. Con esta presentación a lo mejor se va a querer rajar”.

Con todo listo para hacer la pelea entre Julio y Héctor el 12 de septiembre de 1992, Camacho firmó para pelear el 1 de agosto de ese mismo año contra Eddie Van Kirk en la misma cartelera en la que Chávez peleó contra Frankie Mitchell. Ambos peleadores ganaron de forma convincente, pero en la conferencia de prensa posterior a la pelea, Julio sonreía viendo a Héctor correr por el ring, fingiendo que provocaba a una multitud que apoyaba a Chávez. Era pura diversión, Héctor en su estado más encantador.

“(A Héctor) realmente le agradaba Chávez”, asegura Cinnante. “Tras bambalinas, convivían y se reían juntos. Todo era parte del show. En ese punto de su carrera, tenía que ser un gran show, ganara o perdiera”.

Al término de la pelea entre Julio César Chávez y Frankie Mitchell, el Macho Camacho se subió al ring a payasear, hablar y calentar la pelea contra Julio que, por fin, estaba cerrada para realizarse mes y medio después. Ahí estaba el Macho, con un overol sin camisa debajo, lentes de sol, joyería de oro al cuello, y su aplastante carisma.

Camacho tomó una bandera de México y se paseó con ella por todo el ring, atestado de gente. En cuanto el impredecible Héctor tomó el símbolo patrio, el ambiente se tensó. Se olfateaba la posibilidad de que pudiera cometer una falta de respeto hacia la bandera, que cruzara una línea sensible y la rivalidad pasara a otro nivel. Nunca ocurrió. Héctor manejó la bandera con respeto en todo momento, y trató de conectar con el público mexicano que apoyaba a Chávez en la arena. Luego, Héctor le entregó la bandera a un miembro del equipo de Chávez, y lo abrazó en agradecimiento. Era el Macho Camacho en su estado más encantador.

Héctor se puso al lado de Julio, y ayudó a que le pusieran el cinturón de campeonato mundial súper ligero del CMB que estaría en juego seis semanas después entre ambos.

Mientras Julio respondía las preguntas de la televisión sobre el ring, Héctor payaseaba e interrumpía. Julio lo alejaba con empujones y golpes suaves, siempre parte de la broma, y sin perder la sonrisa ante los desplantes de Héctor.

Héctor había estado siguiendo a Julio por años. Un pequeño niño petulante persiguiendo un cometa en el patio de su casa. Divertido con las locuras de Héctor, Julio siempre las miraba con un aire como de complicidad, como si él mismo fuera parte de una broma previamente orquestada con el Macho. La verdad es que Julio lograba descifrar en el impredecible boricua lo que mucha gente no podía. Héctor le caía muy bien, pero eso no minaba en Julio el deseo quemante por derrotarlo.

Julio se divertía con las lucuras del Macho Camacho
Julio se divertía con las lucuras del Macho Camacho

El caótico vuelo de Héctor hacia Las Vegas

Sin embargo, a la pelea que sería el clímax de una larga historia, le faltó algo.

Rumbo a la pelea, Héctor Camacho Jr, el hijo del Macho, sabía de las debilidades de su padre abajo del ring, pero estaba más preocupado por el tipo que estaba en la esquina contraria.

“En ese tiempo, Chávez estaba destruyendo a sus rivales”, recuerda Héctor Jr. “Sus 81 triunfos, invicto, eran una gran preocupación para mí. Chávez era un peleador de presión, pero siempre creí que el Macho podría bailarlo sobre el ring”.

En su campamento de preparación, Héctor trabajó con Rudy Mata; con su amigo de mucho tiempo y confidente, Ismael Leandry; y con el entrenador asistente, Aaron Snowell. Camacho, quien aseguraba que había entrenado durante seis meses, llegó al peso pronto, y junto a Don King, viajó en avión a Las Vegas luego de cerrar el campo de entrenamiento en Ohio.

Todos parecían cómodos con la condición física de Héctor, pero con él, algún desliz era siempre una posibilidad. 

Héctor era una personalidad que siempre creaba revuelo”, recuerda Snowell, quien tomó aquel vuelo con Camacho. “Cerró el campamento en tremenda forma. Luego empezó a bromear con Mitch Green en el avión, que empezó como a volverse loco. Y de pronto, todo se convirtió en una gran fiesta. Camacho arruinó su condición en ese vuelo. Lo echó a perder. Tuvo que cortar mucho peso en Las Vegas. En ese vuelo se acabó todo”.

Leandry recuerda que King había intentado prever la situación al separar a los miembros del campamento, de tal forma que Camacho y Leandry se sentaran en diferentes partes del avión, aunque Snowell refuta esa versión. De cualquier forma, en vez de aprovechar ese gran campamento, el equipo de Héctor tuvo que trabajar otra vez sobre el peso del peleador. Algunos reportes sostienen que Héctor llegó a Las Vegas con 10 o 12 libras de sobrepeso luego de aquel vuelo caótico.

Julio, favorito 6 a 1 para retener su campeonato mundial súper ligero del CMB aquella noche de sábado en Las Vegas, era entrenado por Cristóbal Rosas. Héctor, por el otro lado, trabajaba con Mata, Snowell, y Leandry era el cutman. Chávez, que buscaba la novena defensa del título, lanzó un último misil antes de subir al ring.

“Finalmente tendré mi oportunidad de cerrarle la boca”, advirtió Chávez. “Camacho es la pelea que he esperado por años, y la pelea que todo México quiere. No podría regresar nunca a México si pierdo con Camacho”.

La pelea

Abrumado y nervioso en el primer round, Héctor se movía como si solo buscara la supervivencia, en vez de utilizar el jab y sus combinaciones para contener a un Chávez que lo acosaba. Cualquiera que mirara el primer round, rápido habría descifrado que era imposible que Camacho pudiera con ese tipo de pelea. Un rápido uppercut alcanzó a Julio en ese round, pero ningún otro golpe alcanzó el objetivo. 

En los mejores momentos de su carrera, los pies de Camacho parecía que ni siquiera tocaban la lona. Se movían con suavidad de un lado a otro, y permitían a Héctor quitarse golpes con facilidad. Julio, por el otro lado, no era reconocido principalmente por su trabajo de pies, pero presionaba a Héctor mientras tiraba golpes. Ningún peleador de presión había logrado esto con la misma ferocidad que el mexicano. 

Mientras, Julio César Chávez intentaba frenar al Macho Camacho en el segundo round con un gancho izquierdo al cuerpo, y una derecha a la cabeza, Héctor pareció sofocarse ante la presión. Era fácil asombrarse por lo definitivo que parecía el boxeo de Julio. ¿Cómo alguien puede ser una amenaza durante todos los tres minutos de un round? Bueno, Chávez lo era. La única referencia que Héctor tenía para este tipo de acoso era su pelea con el Chapo Rosario, pero incluso su compatriota frenaba por momentos el ritmo de la acción. 

“Era un poder de golpeo extremo”, recuerda Snowell. “Como ningún otro. Era un poder del tipo del que te va quitando las piernas. Va desgastando a los rivales”.

En el descanso del segundo y el tercer round, Snowell le imploraba a Héctor que utilizara fintas para romperle el paso a Chávez y evitar así que fuera al frente tan duro. Pero cuando Julio atacó en ese round, lo hizo con destructivas derechas a la cabeza de Héctor. Por momentos, aquello era difícil de ver, no por la fuerza de esas manos derechas, sino por el hecho de que el siguiente golpe podía ser aún más destructivo. 

Contra Haugen, Héctor sabía que solo tenía que preocuparse por uno o dos golpes a la vez, y luego podía darse un respiro. Sin embargo, no hubo ningún respiro para Héctor esa noche en Las Vegas, porque Chávez conectaba un gancho de derecha al cuerpo, seguido por un gancho de izquierda a la cabeza, y remataba con un gancho de izquierda al cuerpo. Usualmente, Héctor podía identificar las debilidades de sus rivales, pero el único patrón que el boricua logró identificar en Chávez era que le gustaba hacer una finta hacia su izquierda para meter su mano derecha. Sin embargo, mientras la pelea llegaba a su ecuador, Chávez aún no había desplegado todo su arsenal.

Para el sexto round, Héctor ya iba desdibujándose. Absorbió una derecha en repetición, especialidad de Chávez, seguida de un jab, y de una combinación de derecha que entraron secas. La sangre comenzó a escurrir desde la nariz de Héctor en el séptimo round, y empezó a abrazarse para sobrevivir en el octavo. En ese round, Camacho conectó su mejor golpe de la noche, pero rápido fue desalentado, cuando Chávez lo asimiló sin ningún problema. Atrapado contra las cuerdas desde el primer minuto del noveno round, Héctor parecía obligado a vivir un calvario de tres rounds, y navegar en un infierno boxístico. ¿Era una represalia por sus palabras del pasado? No importaba. El Macho lo asumiría. No tenía otra opción. 

“Cuando le dije que estaba detrás (en las tarjetas), comenzó a pelear”, recuerda Snowell.

Los aficionados aprendieron más sobre Héctor “Macho” Camacho en esos rounds finales que en las 15 peleas previas. Respondió, y con dureza. Con Camacho respondiendo, se exponía a más castigo. En un momento, Héctor revivió y empezó a vencer a Julio, golpe a golpe. Una cosa parecía clara: Camacho estaba buscando reinventarse como peleador. Había estado corriendo, esquivando y abrazándose por años; requirió que un hombre como Chávez lo hiciera pararse a pelear.

El Macho Camacho tuvo un último destello de bravura contra Chávez
El Macho Camacho tuvo un último destello de bravura contra Chávez

A pesar de una última embestida de energía y bravura, Héctor no pudo sostener el brutal ritmo de Julio. De alguna forma, Chávez estaba conectando los mismos golpes que en los primeros rounds, con la misma velocidad y precisión. 

Con los ojos cerrados, Camacho, de 30 años, parecía perdido y derrotado. Tristemente para él, Chávez, fresco y renovado, tenía la misma edad. Sin embargo, claramente, cada uno estaba en una etapa distinta de su carrera. 

Todos aquellos que vieron a Héctor con miopía a través de su propio lente por tantos años, finalmente lo entendieron, como para decir, todos a una voz, “Ahora, finalmente sé lo que tú representas”.

Y cuando Héctor “Macho” Camacho se tiró a los brazos de Julio César Chávez luego del campanazo final, esto nunca fue más evidente.

Héctor "Macho" Camacho con los evidentes estragos de su pelea con Chávez
Héctor “Macho” Camacho con los evidentes estragos de su pelea con Chávez

 

*CHRISTIAN GIUDICE es escritor de boxeo. Publicó en 2020 el libro Macho Time: The Meteoric Rise and Tragic Fall of Hector Camacho, la más reciente biografía del Macho Camacho. Además, ha investigado y escrito biografías sobre Roberto Durán, Wilfredo Gómez y Alexis Arguello.

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