Luces y sombras de Carlos Monzón: El asesinato que nubló la leyenda
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Luz y sombra de Carlos Monzón: El asesinato que nubló la leyenda

Si alguien suma Argentina y boxeo, el primer resultado siempre será Carlos Monzón. Existen ecuaciones, como esa, a las que cualquier seguidor de esta apasionante disciplina se adecúa, casi por decantación. Sin embargo, un asesinato es la sombra que oscurece el legado de Carlos Monzón.

Monzón es la representación perfecta del ídolo argentino: soberbio, desordenado, maleducado, pobre, mujeriego, vicioso. Pero, además, con esa pizca de lucidez que le permite deshacerse de la falta de profesionalismo casi cuando la primera campanada llega a sus oídos.

Por otro lado, a Monzón también se le reconoce la sumatoria de alegrías que dio a sus fanáticos. Y lo hizo en una época en la que el pueblo de su nación encontraba en el deporte un respiro, una distracción, un tramo de ripio entre tanto barro. No es lo mismo ser rey en un palacio, que en una casilla de chapa. El espectador no le da la misma validez, ni presta idéntica atención en extremos tan dispares.

Carlos Monzón era uno de esos. Feo, negro, pobre, pero pobre de verdad. En Santa Fe, durante su infancia, dependía de la piedad de algún vecino que le convidara para alimentarse. Roque y Amalia, sus padres, no podían garantizarle la comida a él ni a sus hermanos. Piso de tierra, techo de chapa, paredes de barro, y un fogón que hacía las veces de cocina. Lustró zapatos y cumplió con mandados ajenos para saciar su hambre; no tuvo educación más allá del segundo grado de la escuela primaria.

Cerca de su adultez, prácticamente como hobbie, probó suerte en el Boxing Club Minella. Sin pena ni gloria, disputó cinco peleas y fue expulsado del lugar por su entrenador, Ricardo Minella. No había futuro en él. Flaco, desgarbado, con tendencia a las lesiones y a la indisciplina. El morocho santafesino tenía todos los números para ganarse un boleto en el tren de quienes vagan sin exaltaciones por sobre la lona de los cuadriláteros. Mientras barría sangre en el frigorífico donde trabajaba, meditó la loca idea de tocarle el timbre al ilustre entrenador Amílcar Brusa. Tenía la esperanza de que lo arropara y así poder ganarse el mango con otros guantes puestos que no sean los que se calzaba para manipular piezas de carne.

Con unas pocas pertenencias en una bolsa de arpillera, Monzón arribó al Club Unión de Santa Fe. Sin dejar de lado ni siquiera por una milésima de segundo, su fanatismo por la clásica contra del Tatengue, Colón de Santa Fe. Quizás fue en ese momento la primera ocasión en la cual la frialdad se hizo presente en su humanidad, para entender que estar ahí no lo hacía menos Sabalero, sino que lo haría menos pobre.

Brusa, respetuoso como ningún otro, lo recibió, y regó la charla entre ambos con toques de amabilidad. Dilucidó, mientras lo analizaba en acción, algo que nadie más había encontrado en el santafecino: su insistencia, su empuje y que voltearlo era una tarea titánica. Ringo Bonavena, futuro enemigo mediático de Monzón, siempre dijo que la experiencia es un peine que te llega cuando te quedás pelado. Sin embargo, don Amílcar lo obtuvo con el flequillo que le raspaba las cejas. Transformó un tarambana en un atleta, dos puños raquíticos en un par de bolas demoledoras, y un futuro delincuente en una semilla de historia.

No existía tope que se interponga en la carrera de Escopeta, y le llegó entonces la gran prueba: Nino Benvenuti, campeón mundial mediano en 1970. Benvenuti le dio una chance por juzgarlo como un rival ignoto y se arrepintió durante el resto de su vida.

El argentino fue claro, pensante y preciso a la hora de contragolpear, por lo que le requisó el cinturón a su colega italiano con un tremendo nocaut. Lo midió con un jab de izquierda, y sacó su característico directo de derecha en cuanto su oponente quedó posicionado a su gusto. Manejó las distancias con un magnífico juego de piernas a través de los 12 rounds que duró el espectáculo.

Ahora Carlos Roque Monzón era campeón mundial, y no sólo se sentía invencible entre cuerdas. Los excesos de siempre retornaron a su vida, exagerados, y con ansias por tomar el control. Con poder, con fama, todo se potencia. Lo bueno comienza a valer más, y lo malo también. Violento y alcohólico, generó episodios desagradables, propios de las peores bestias, con cualquiera de sus parejas.

Enormes pugilistas quedaron genuflexos a la potencia de sus ataques, como José “Mantequilla” Nápoles, Emile Griffith, Tom Bogs o Rodrigo Valdez, pero esa fuerza también la utilizó como arma contra muchos civiles.

Zulma Torres, madre de su primer hijo, le temía casi como un infante al Cuco. Mercedes García, Pelusa, fue su primera esposa. Sufrió una cantidad incontable de hechos de violencia, en perjuicio suyo y de terceros. Cada objeción que expuso ante actitudes de su marido, representaron gritos, golpes, y agravios para con su persona. Susana Giménez, una de las personalidades más importantes de la televisión argentina, conoció a Monzón en la filmación de la siempre recordada película “La Mary”. Fue su novia durante un plazo no menor a 4 años, y le dio corte a la relación cuando ya no toleró las agresiones del sanjavierino.

Carlos Monzón y Suasa Giménez
Carlos Monzón y Suasa Giménez

Su última compañera de vida tuvo un final tan trágico como anunciado. Alicia Muñiz, modelo uruguaya que convino en un viaje con el Gaucho de Hierro a finales de 1978. Monzón ya no era peleador en activo. Diez años después, con un hijo y muchas salvajadas de por medio, en la madrugada del 14 de febrero de 1988, Muñiz yacía muerta en el patio de una casa de Mar Del Plata, en la que ambos vacacionaban junto al pequeño Maximiliano.

A Carlos Monzón no le bastó con pegarle y estrangularla, sino que arrojó el cadáver de la modelo por el balcón de la habitación principal del caserón de La Florida marplatense.

Para encubrir el asesinato, Carlos Monzón dijo que Muñiz se había suicidado, que ella corrió y se arrojó por el balcón. Él, en su intento de disimular su acción, también se arrojó sobre ella para aparentar un accidente. Y lo hizo gritando para que llamaran una ambulancia.

Sin embargo, los análisis forenses dictaminaron que Alicia Muñiz ya estaba muerta por estrangulación cuando fue arrojada del balcón. Y, además, había un testigo.

El mediatizado juicio contó con Rafael Crisanto Báez, un cartonero que, como testigo, mutó en elemento clave de la causa. Al ser el único testigo presencial, su testimonio ató varios cabos sueltos y elevó este proceso al martillazo definitivo.

En la crónica que el portal Infobae hizo del asesinato al cumplirse 30 años del asesinato perpetrado por Carlos Monzón, se relatan los dichos del testigo.

“Dijo que el boxeador tomó a Alicia Muñiz del cuello y luego, cuando ella se desmayó, la arrolló desde el balcón “como una bolsa de papas”. Agregó que el boxeador se cambió el pantalón que tenía puesto por uno de pijama y saltó desde el primer piso para caer junto al cuerpo de su mujer ya muerta”.

El ex boxeador fue condenado a 11 años de prisión por homicidio simple, a consideración de que por entonces el Código Penal de la República Argentina no contemplaba la figura específica del femicidio. Carlos Monzón entró a prisión por el asesinato de Alicia Muñiz.

Pese a sus múltiples reyertas en las cárceles de Batán, Junín y Las Flores, sobre la última etapa de cumplimiento de su pena, obtuvo el goce de salidas restringidas para trabajar, ya que formaba pupilos de la Unión de Empleados Civiles.

Un domingo usó tal beneficio indebidamente, y se retiró del penal para comer un lechón y tomar unos vinos con algunos de sus amigos. Estaba obligado a retornar a la penitenciaría antes de las 20. Esa tarde jugaba Colón, su amor futbolero, todavía en segunda división, pero con muchas probabilidades de volver a Primera. Por sintonizar ese cotejo en la radio mientras retornaba a Las Flores, dejó de existir en un accidente automovilístico en el paraje Los Cerrillos, de la Ruta Provincial 1 de Santa Fe, el 8 de enero de 1995.

Punto final para la existencia de un ser que sobre el ring alcanzó la leyenda, y que fuera de él quedó ensombrecido por sus asquerosas formas de vida. Y sin duda, Carlos Monzón quedó marcado por ese asesinato.

Monzón cosechó, a lo largo de 14 años de carrera rentada, 87 victorias de las cuales 59 fueron por nocaut, 3 derrotas y 9 empates con una suma de 100 duelos. En 1990 le fue otorgado un lugar en el Salón Internacional de la Fama del Boxeo.

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