Manny Pacquiao contra Ledwaba: El día que un joven malnutrido conquistó Las Vegas
Manny Pacquiao contra Ledwaba: El día que un joven malnutrido conquistó Las Vegas
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Manny Pacquiao contra Ledwaba: El día que un joven malnutrido conquistó Las Vegas

Pacquiao… Déjenme ver si lo estoy diciendo bien: Pacquiao”, se repetía a sí mismo el curtido narrador de boxeo de HBO, Jim Lampley, mientras intentaba descifrar la pronunciación del apellido de Manny Pacquiao, un joven filipino de 22 años al que nunca había visto en Estados Unidos y que ese día peleaba contra Lehlo Ledwaba.

El filipino pelearía esa noche como respaldo a la pelea de Óscar de la Hoya frente a Javier Castillejo.

Paquiu, o Pacquiao”, seguía intentando Lampley mientras se preparaba para el inicio del encuentro. Ese día, Manny Pacquiao, el peleador que haría las cosas más impensables en la historia del boxeo, era tan desconocido, que ni siquiera se sabía cómo pronunciar su nombre.Y nadie tendría por qué saberlo.

Ese 23 de junio de 2001, Pacquiao ni siquiera pertenecía a ese ring, ni a esa cartelera. Ese lugar le correspondía al mexicano Enrique Sánchez, quien estaba programado para disputarle al sudafricano Lehlo Ledwaba el campeonato mundial súper gallo de la FIB.

Dos semanas antes de la pelea, Sánchez se lesionó y a Ledwaba le buscaron, literalmente, un bulto para librar el compromiso, y además, que no representara una amenaza. Hallaron un joven filipino de 22 años que entrenaba en Los Angeles. Y así, sin invitación, Manny Pacquiao acudió a su gran cita, no solo con Ledwaba, sino también con el destino.

Manny Pacquiao y el día que Estados Unidos lo conoció
Manny Pacquiao y el día que Estados Unidos lo conoció

Aquella noche, en el MGM Grand de Las Vegas, nadie lo conocía. Los narradores no lograban pronunciar su nombre y todos asumían que se caería pronto.

El único que se conocía a sí mismo era el propio Manny Pacquiao, quien caminó rumbo al ring con la misma familiaridad de quien observa su imperio: la mirada fiera, chocando sus guantes, moviéndose como felino enjaulado, la cabeza oscilante de un lado a otro.

Como seguido pasa en las grandes travesuras que tanto gustan a la inmortalidad, aquella histórica caminata de Manny Pacquiao rumbo al ring estuvo llena de simbolismos. En el fondo sonaba El Ojo del Tigre, la canción que definió la saga de Rocky Balboa.

“Muchas veces todo pasa muy rápido, cuando cambias tu pasión por la gloria”, decía la canción.

Y vaya que fue muy rápido. Un mes antes, Manny Pacquiao se había aparecido por primera vez en el gimnasio de Freddie Roach, el entrenador que lo convertiría en el monstruo que aterrorizó siete divisiones en los siguientes 10 años.

El día que se conocieron Manny Pacquiao y Freddie Roach

En aquel 2001 en que Freddie Roach y Manny Pacquiao se conocieron, la carrera del filipino estaba en una encrucijada. Pacquiao ya había sido campeón mundial por unos meses, cuando reinó como monarca del CMB en peso mosca sin salir nunca del continente asiático.

Sin embargo, el 17 de septiembre de 1999 perdió su título en la báscula, y luego en la misma pelea, Pacquiao cayó noqueado ante Medgoen Singsurat en Tailandia. Por los problemas de peso, Pacquiao tuvo que saltar de 112 a 122 libras de un solo golpe.

La última imagen que quedaba en la memoria era la de un Manny Pacquiao revolcándose de dolor en la lona, despojado ya de cinturón que había perdido desde la báscula. El resultado fue que ningún promotor lo quiso ya en Filipinas, y tuvo que emigrar a Estados Unidos intentando recuperar su carrera. Y así, buscando una figura que le resultara casi paternal, fue que llegó al Wild Card, el gimnasio de Freddie Roach.

“Simplemente llegó a mi gimnasio un día”, recuerda Roach en declaraciones a Graham Houston de Boxing Monthly. “Su manejador me pidió que trabajara las manoplas con Manny porque habían escuchado que yo era bueno en eso. Luego de un round de manopleo, le dije a mis ayudantes, ‘Wow, este chavo sabe pelear’. Al mismo tiempo, Manny iba con su manejador y le decía, ‘Tenemos un nuevo entrenador’”.

Aunque aquel Manny Pacquiao seguía crudo en su técnica y en su estilo, sus cualidades naturales saltaron a la vista del entrenador.

“Nunca había conocido a alguien con la explosión que tiene en sus golpes, su velocidad, su pegada, y para un tipo pequeño que pesaba alrededor de 122 libras en ese entonces, era sorprendente”, asegura Roach. “Nos entendimos rápido. Realmente nos entendimos desde el primer día y un mes después peleó contra Ledwaba por el campeonato mundial. Hicimos ocho rounds y parecía como si lo conociera de toda mi vida”.

Y un mes después, en el rincón de Manny Pacquiao, y en aquella improvisada pelea de título mundial contra el sudafricano, Freddie Roach ya se había convertido en la figura paternal que tanto buscó el filipino.

“¿Estás bien, hijo?”, le preguntaba Roach a Pacquiao en el descanso del primer round que trabajaban juntos. Roach le hablaba en inglés con la mirada fija, sus ojos a unos centímetros de los del filipino, y Pacquiao asentía, enterado, como si toda su vida hubiera hablado inglés, aunque realmente era que se estaban entendiendo a la primera, solo con la mirada.

En una pelea improvisada, acompañado de un tipo al que había conocido un mes antes y recién llegado a un país que le era totalmente ajeno, aquella escena era de una familiaridad brutal. Como bien lo dijo Roach, era como si se conocieran de toda la vida. “Respira hondo. Cuando te tire el gancho, métetele por abajo y levántalo con el upper, hijo”.

Y así lo hizo Manny. En el primer round, Ledwaba ya sangraba de la nariz. En el segundo round, Pacquiao lo empezó con una maniobra que lo encumbraría. Juego de pies y entra; abre con derecha y lanza el remate violento con una izquierda destructiva. ¡Wow, esa izquierda! Una vez, otra; y otra más.

“¡Boom!”, exclamaba el narrador Lampley casi tirando golpes desde su cabina, cada que la zurda de Manny Pacquiao se escuchaba seca sobre el rostro de Ledwaba. Unos segundos después, Ledwaba ya estaba en la lona por primera ocasión. Manny Pacquiao comenzó a encontrar un ritmo desenfrenado, una cacería permanente y Ledwaba envejecía un lustro con cada izquierda del filipino. Para el tercer round, el calconzillo blanco de Ledwaba era un trapo de carnicería, enrojecido de su propia sangre.

Al comienzo del cuarto round, un par de manos de Ledwaba encuentran el rostro de Manny Pacquiao. El filipinotoma algo de espacio, y da un saltito; aprieta los dientes, asiente con la cabeza y choca los guantes con energía. Está en una arenga a sí mismo. Con el tiempo, con las peleas, con los años y con la violencia, entenderíamos que cada vez que Manny Pacquiao choca sus guantes y asiente desafiante con la cabeza, es como un prólogo para el terror.

Es como una alerta de tifón, y enseguida viene una tormenta de zurdas espeluznantes, de ángulos de ataque indescifrables, de pies incontenibles, de un ritmo de golpeo sin precedentes en la historia del boxeo. El Manny Pacquiao que sigue al choque de guantes es una imagen de bestialidad bien fija en la memoria de cualquier aficionado al boxeo. Son instantes de película, solo equiparables en furia natural a la animalidad de Mike Tyson.

La tormenta de golpes del filipino, más de 400 en solo seis rounds, hizo capitular al sudafricano que al terminar el quinto capítulo regresó sacudido a su banquillo, pero también derrotado. Salió al sexto a caerse con lo que fuera. Un recto de la potente zurda de Pacquiao le rozó la barbilla y se fue la lona; se levantó, para volverse a caer con el solo aire de un golpe que le pasó a milímetros.

El día que Las Vegas conoció a Manny Pacquiao
El día que Las Vegas conoció a Manny Pacquiao

En la lona, el réferi decidió detener la pelea. Ledwaba se quedó unos segundos recostado sobre el entarimado, como pensando en lo bizarra de la situación: un rival que le encontraron con dos semanas de antelación, que nunca había peleado fuera de Asia, que se lo recomendaron como bulto. Ese bulto lo había destruido, se había quedado con su cinturón y con su gloria. Y si hoy, Ledwaba se volviera a tirar sobre el suelo a reflexionar, difícilmente lo creería: aquel bulto es hoy uno de los más grandes boxeadores en la historia del deporte.

“No lo había visto”, se admiraba el veterano comentarista de HBO, Larry Merchant, con lo que acababa de descubrir en la coronación de Manny Pacquiao. “Francamente, no lo había visto, ni había escuchado de él, pero hoy lo he visto y lo he oído. Y quiero verlo otra vez”.

Mientras le levantaban la mano, Manny Pacquiao miraba a todas partes. Indeciso sobre si debía sonreír o no, se animaba a hacerlo. Luego su miraba se volvía a perder como admirando todo a su alrededor, entendiendo lo que acababa de ocurrir. Recordaba que había llegado a Las Vegas, que era campeón del mundo, y volvía a sonreír.

Bigote ralo, inconstante, crecido como espinas en quien pareciera nunca haberse afeitado en su vida. Cabello recortado en forma de cazuela con apartado por el medio, y mal teñido con luces claras. El joven recién llegado de Filipinas; el de músculos pequeños, marcados por la malnutrición; el de aspecto de muchacho recién sacado de la calle, pisaba por primera vez Las Vegas, y sin invitación se había robado la gloria.

Ahí mismo, en su nuevo territorio, se coronaría como el rey. Sería el monarca malnutrido que reinó en ocho divisiones, aquel que aterrorizó desde mosca hasta súper welter. Era Manny Pacquiao, el joven filipino que destruyó imperios con un pequeño cuerpo y una destructiva mano izquierda como único ejército.

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