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Más Pacquiao y menos Crawford

Más Pacquiao y menos Crawford

Con 42 años de edad, Manny Pacquiao está más allá del bien y el mal. Instalado ya como uno de los más grandes peleadores de la historia, no debería tener ya ningún pendiente en el boxeo. Su futuro económico, el de sus hijos y también el de sus nietos, está más que asegurado. Y su lugar, como héroe nacional en su país, le augura un futuro político promisorio.

Nada tendría que andar haciendo Manny Pacquiao negociando peleas contra los mejores peleadores Libra por Libra del momento. Pero lo hace.

Primero, buscó, aceptó y firmó una pelea contra Terence Crawford, el mejor peleador de su división y uno de los mejores Libra por Libra. La negociación se cayó del lado de Crawford.

Entonces, Pacquiao buscó, aceptó y firmó una pelea contra Errol Spence, el segundo mejor welter del mundo, después de Crawford, y otro de los mejores peleadores en los listados Libra por Libra.

¿Por qué hace eso Pacquiao? ¿Qué quiere demostrar? ¿Qué nos trata de decir?

El hecho de que a estas alturas de su carrera Manny Pacquiao siga buscando peleas contra peleadores élite, nos habla más de su gen competitivo que de cualquier aspiración material.

La mayoría de sus contemporáneos, ante quienes forjó su leyenda, están ya en el retiro. Mientras los Barrera, Márquez, Morales, Mayweather y Cotto buscan peleas de exhibición redituables económicamente, muchas con tufos de dudosa seriedad, Manny Pacquiao sigue buscando a los Crawford y Spence del momento.

En julio de 2019, Manny Pacquiao peleó por última vez. Derribó, y luego venció, a Keith Thurman, uno de los mejores welter del momento. La leyenda filipina demostró esa noche, que aún en su veteranía, sigue con capacidad para seguir en la élite. Ahora, busca una hazaña mayor. Siendo dos años más viejo, quiere derrotar a un peleador mejor que Thurman: Errol Spence.

Ya no necesita dinero, y por eso no lo busca. Lo que quiere es gloria. Sigue teniendo hambre de épica, de historia, de cosas que rebasen lo humano. Así ha sido toda la carrera de Manny Pacquiao: ir por lo impensable.

Y eso es precisamente lo que no abunda en el boxeo corporativo y especulativo de hoy.

Que Manny Pacquiao haya podido cerrar una pelea con Errol Spence, casi inmediatamente después de que se cayera la pelea con Terence Crawford, nos dice más de Crawford que del mismo Pacquiao. Y nos habla mucho, también, de ese boxeo corporativo y sus vicios.

Nos dice que, simple y sencillamente, Crawford se puso a si mismo un precio prohibitivo para la pelea. Primero, el dinero; luego, si da tiempo, la gloria.

Se puso un precio tan alto que el encuentro entre Pacquiao y Crawford solo podía concretarse si llegaba algún multimillonario árabe a cubrirle una garantía de dinero para saciar sus exigencias.

Cuando ese multimillonario árabe reculó, Pacquiao no tuvo problemas para cerrar una pelea contra el otro gran welter del momento, como es Errol Spence.

Eso nos deja más que claro a todos, que las demandas económicas de Pacquiao y de Spence no eran tan altas y prohibitivas como sí lo fueron las de Crawford.

Tras caerse la pelea con Pacquiao, para Terence Crawford volvió a sonar, por enésima vez, el nombre de Shawn Porter, otro dignísimo welter que podría ser una pelea interesante. El tiempo pasó y esa pelea tampoco se cerró.

Fue el mismo Porter, quien a pesar de ser amigo personal de Crawford, terminó diciendo que estaba cansado de esperar y que tomaría otro camino. Bob Arum, a pesar de representar a Crawford, dijo que las exigencias salariales de su peleador solo podían cumplirse con un Pago por Evento, pero rápidamente atajó: nadie pagaría por ver a Crawford contra Porter.

Y el mundo, que no se detiene a esperar a nadie, tampoco se detiene a esperar a Crawford. El virtuoso peleador ambidextro sigue bailando solo en su propia pista, tan embriagado de si mismo, que no se dio cuenta que ya todos se marcharon a la fiesta de Manny Pacquiao.

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