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Michael Watson, el peleador que volvió de la oscuridad para correr

No sé cuál evento marcó más mi vida, pero sí sé que cada segundo de mi vida fue como un round entero, y yo nunca dejé de pelear. Podría pensar que cada momento que he vivido me ha hecho entender que rendirse no es una opción, así como me han hecho entender que los minutos entre rounds se aprecian más que nada. Son segundos de descanso, pero se sienten como horas.

Round 1:
La vida son momentos, y estos han sido los míos. En 1968 mi familia y yo fuimos atropellados. Mi hermano sufrió tantas repercusiones del accidente que nadie sabía cómo estaba vivo, pero estaba vivo. Así fue el primer asalto. El tiempo de descanso, nos refrescó con la vida de mi hermano, no murió. La pelea sigue.

Round 2:
Unos meses después, vería mi hogar completamente destrozado. Un incendio acabó con nuestra residencia y perdimos todo lo que teníamos. Cada juguete, cada pantalón, cada pequeña cosa que mamá tenía se encontraba calcinada en el suelo. El tiempo de descanso entre rounds, nos refrescó con la vida de todos. Nadie había muerto, pero vendría el tercer round.

Round 3:
Vivíamos en un barrio difícil en Londres. Las calles eran duras y uno debía ser más duro aún. Yo, siendo tímido y acomplejado, lloraba por todo. Crecer en Islington no fue fácil, entender que rendirse no era una opción tampoco lo fue.

Hora de ser profesional:
El boxeo amateur, al menos en mi época, no tenía nada de amateur. Cualquiera que entrara al ring tendrá el respeto merecido. Yo veía cada pelea como una guerra por un cinturón imaginario que no era de oro, era de sobrevivencia. Logré un record de 20-2 en el Crown and Manos Club hasta transferirme al Club de Boxeo de Colvestone. Seguí peleando, seguí peleando tanto que por un segundo pude haber sido enviado a las Olimpiadas, eso no sucedió, pero no me arrepiento porque ahora empezaría a ganar dinero con mis puños y las verdaderas Olimpiadas estarían por venir.

Al campo de batalla:
“Jab y muévete, jab y muévete”, eran los gritos de mamá. Nunca pensé que mi madre aceptaría ver a su hijo ser golpeado, pero mamá entendía que la vida es una pelea y es mejor pelearla con los guantes puestos. Empecé a pelear contra oponentes que siempre parecían más grandes en tamaño que yo, pero en el pecho su corazón era solo una metra al lado del mío. Los años ochenta fueron los de oro para el Reino Unido, fuimos varios peleadores los que levantamos los colores con victorias.

El 3 de febrero de 1988, me enfrentaría a Don Lee, en una pelea que los críticos y medios considerarían imposible de superar. Wembley London vio como cada evento de mi vida se reflejó en los guantes y gané.

No sé cuántas peleas pasaron después de esa, mi cabeza ya no funcionaba bien y en minutos les contaré el por qué. ¿Dónde me quedé? Ah sí, no sé cuántas peleas fueron pero eventualmente me enfrentaría a Nigel Benn. Eso fue en 1989 y para ese momento, Benn venía invicto con un récord perfecto que iba a intentar mantener.

La prensa no me vía como ganador y recuerdo a Benn diciendo en televisión que me haría tanto daño que lloraría. Lo siento Benn; esa noche yo ganaría y me llevaría el cinturón de los pesos medios del British Commonwealth.

Cuando le gané a la vida por nocaut:
A comienzos de los años noventa, me enfrentaría a Chris Eubank por el cinturón mundial de los pesos medios. Eubank logró una decisión mayoritaria que fue criticada por todos. Lo que me dio a mí una posible revancha. Esta revancha sería la pelea más grande de mi vida, no contra Eubank, sino contra las consecuencias que me hicieron pelear contra la vida.

En Septiembre del 91, en el estadio White Hart Lane. En el round número once los puntos de la revancha eran míos, mi derecha noqueó a Eubank pero a los minutos, él estaba de pie y un uppercut hizo que el árbitro detuviera la pelea en el round doce. La luz se apagó.
Sin doctores en el recinto, estaba completamente inconsciente. Recuerdan lo que les dije hace minutos; que mi cabeza ya no funcionaba bien. Creo que ahora entienden el motivo.

Pasé cuarenta días en coma y seis operaciones en el cerebro. Más de un año en cuidados intensivos y rehabilitación y seis años en una silla de ruedas. Todos, a veces creo que hasta la vida misma, pensaron que había perdido la pelea. En mi mente, todo casi gris, se pintaban recuerdos de peleas antiguas, el sonido de la campana, el color rojo de los guantes, y en minutos, todo desaparecía de nuevo. No podía hablar, no podía vivir.

Pero los días fueron pasando y cada mañana, veía un poco de luz entrar a mi habitación y la entendía como el descanso entre rounds, la entendía como la campana que terminaba un round. Los recuerdos eran como la esponja mojada en mi espalda, como el hielo en mi cuello y luego, la campana sonaba de nuevo y empezaba otro día, otro round donde yo ganaría el cinturón de campeonato mundial que realmente quería: el de mi vida. Gané la pelea por nocaut en el round infinito de las pocas probabilidades.

Michael Watson se recuperó, se recuperó tanto que el 19 de abril del 2003 completó el Maratón de Londres, caminando dos horas todas las mañanas y tardes durante seis días. Dormía en un autobús que lo seguía por todo el trayecto y recaudo el dinero para una fundación dedicada a ayudar a personas con problemas cerebrales. Cuando terminó la carrera, a su lado estaban Chris Eubank y su doctor Peter Hamlyn.

Michael Watson le había ganado a la vida.

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