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Muhammad Ali y la medalla olímpica que nunca lanzó al río

Muhammad Ali y la medalla olímpica que nunca lanzó al río
Muhammad Ali y la medalla olímpica que nunca lanzó al río

La leyenda dice que un día al gran Muhammad Ali, entonces aún llamado Cassius Clay, lanzó su medalla Olímpica de oro al río porque le negaron el servicio en una cafetería de su natal Louisville en Estados Unidos, pues era un lugar donde no se le servía a negros.

Era 1960, solo unos meses después de que Clay ganara el oro en los Juegos Olímpicos de Roma. Ese día, como todos los que siguieron a la victoria, Clay portaba su medalla al cuello.  No se la quitaba ni para dormir. Después de la humillación en esa cafetería, según la leyenda, Clay lanzó su medalla olímpica al río Ohio en un arranque de rabia que despertó su conciencia social.

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Hasta hoy, esa historia sigue generando controversia. Se convirtió en una mentira que se masticó una y otra vez hasta que supo a verdad. Y quizás fue porque el propio Ali se encargó indirectamente de inventarla y propagarla en 1975 en su autobiografía The Greatest.

En el relato de lo sucedido ese día, con tanto detalle que consumió 20 páginas, Cassius Clay y su hermano Ronnie llegaron al café y se sentaron para ordenar. Ellos sabían que en ese lugar no se les servía a negros, pero Cassius creía que con su hazaña olímpica se había ganado ese derecho.

“Tenía la impresión de haber superado aquella etapa”, narra Ali en el libro. “Había derrotado a extranjeros en mis combates para traer a Estados Unidos la Medalla de Oro”.

Su hermano Ronnie sacó la medalla que Muhammad Ali llevaba colgada del cuello y se la mostró a la mesera que le negaba el servicio. El púgil se presentó: “Soy Cassius Clay, el Campeón Olímpico”.

El propietario del lugar exclamó que le importaba un carajo quién era e insistió en que en ese lugar no se servía a negros. El comedor quedó en un silencio sepulcral.

En su mente, Cassius Clay repasó el discurso que nunca dijo:

“Todos me conocen. Nací en el Hospital General, a una cuadra de aquí. Fui criado aquí. Me eduqué en la Central High. Y ahora he traído la Medalla de Oro Olímpica para todo Louisville. He luchado por la gloria de mi país. Aquí sirven a cualquier extranjero, pero no sirven a un ciudadano negro de Estados Unidos. Tendrán que llevarme a la cárcel porque pienso quedarme aquí hasta que mis derechos sean reconocidos”.

Al salir de la cafetería, los hermanos Clay fueron perseguidos por una pandilla de motociclistas que vieron la medalla en la cafetería y querían quedarse con ella. Les dieron alcance en el puente que cruzaba el río Ohio. En el forcejeo la medalla se manchó de sangre y se la quitó.

“Era la primera vez que la Medalla de Oro dejaba de estar sobre mi pecho, desde el día que el juez olímpico me la puso, el mismo día en que subí al podio con un ruso a mi izquierda y un polaco a la derecha. Por primera vez vi la medalla como un objeto. Había perdido su magia. De repente, tuve clara conciencia de lo que quería hacer con aquella barata pieza de metal y aquella deshilachada cinta”.

Cassius alargó su brazo sosteniendo el objeto en su mano, y lo dejó caer. La Medalla de Oro de la división de los semipesados en Roma 1960 cayó a las negras aguas del río Ohio.

“La Medalla Olímpia era lo más preciado que había conseguido en mi vida”, explicaba Cassius. “Le rendía culto. Era, para mí, un símbolo de identificación, de formar parte de un equipo, de un país, de un mundo. ¿Cómo podía explicar a Ronnie que yo ansiaba algo que significara más que esto? Algo que fuera tan digno de mí como yo lo fuera de ello”.

Los Juegos Olímpicos de Roma 1960 fueron clave durante los primeros años de la Guerra Fría. Allí se dio una guerra propagandística sin precedentes entre la Unión Soviética y los Estados Unidos. Los soviéticos, para enfatizar su supuesta igualdad social, señalaban una y otra vez la segregación racial a la población negra de Estados Unidos. Acusaban una grave incongruencia de ese país que se decía libre y democrático.

En Roma, Cassius Clay salió a defender a ese país, no sólo en el ring, sino también en la prensa. Es real que, al terminar la ceremonia de premiación, un reportero soviético le preguntó a Cassius qué sentía de ganar la gloria para un país que no le daba siquiera el derecho de comer en una cafetería en Louisville.

“Para mi Estados Unidos es, aun así, el mejor país del mundo, contando al tuyo”, respondió Cassius con su ya emblemática locuacidad, “a veces puede ser difícil comer, pero de cualquier manera, dile a tus lectores que tenemos a gente calificada resolviendo ese problema y que no me preocupa”.

Ciertamente, la historia de la cafetería y la medalla lanzada al río fue un invento editorial que buscaba negar lo dicho por Cassius al reportero soviético en Roma. La autobiografía fue escrita por Richard Durham con algunas historias reales, pero otras tantas fueron inventadas por el equipo de publicistas e ideólogos de Ali, según revelaron años despúes ejecutivos de Random House, editora del libro. En años recientes fue David Remnick, autor de King of the World, la biografía más completa sobre Ali, quien hurgó en la leyenda de la medalla lanzada al río.

“En cuanto a la historia de la medalla de oro, Ali la negó poco después de que el libro salió”,  reveló a Remnick la entonces editora en Random House, Toni Morrison. “Creo que fue en una conferencia de prensa donde le preguntaron sobre la medalla y él (Ali) respondió: “No recuerdo dónde la dejé’. También dijo que no había leído el libro. Así que de cierta forma, desacreditó al libro en una forma que era injusta para las historias que le había contado a Richard en primer lugar, o a la historias que Richard pudo haber inventado para enfatizar sus argumentos”.

“La historia sobre la medalla olímpica no fue real”, dijo también James Silberman, que era editor en jefe en Random House, al biógrafo de Ali. “Pero la tuvimos que tomar a pecho. Después de un tiempo, Ali se la comenzó a creer. Cuando era joven tomaba todo con un guiño, incluso los hechos sobre su propia vida”.

Muhammad Ali, entonces, no tiró la medalla al río, sino que al parecer la perdió y prefirió que se inventara toda una historia para justificar el extravío.

Es innegable lo que esa medalla representaba para el joven Cassius Clay. Son bastantes los recuerdos de atletas que lo veían yendo de un lado a otro en Roma, siempre con su medalla de oro que tenía inscrita la leyenda “PUGILATO” colgando sobre su pecho.

“Aún puedo verlo bailoteando (a Clay) por la Villa Olímpica con su medalla de oro al cuello”, recuerda la velocista estadounidense Wilma Rudolph que ganó tres oros. “Dormía con ella. Iba a la cafetería con ella. Nunca se la quitaba. Nadie mimaba tanto su medalla como él”.

Con el extravío de su medalla, Cassius Clay había perdido una parte de su juventud, aquella en que forjaba su carácter inquieto, rebelde y contestatario. Cuando en 1966 se le quería obligar a combatir en Vietnam, Ali contestó que ningún vietnamita lo había llamado negro despectivamente como sí lo habían hecho en Estados Unidos. Ali fue despojado de su campeonato mundial y suspendido del boxeo.

En los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996, Muhammad Ali erizó la piel del mundo. Severamente diezmado por el Mal de Parkinson, Ali tomó tembloroso la antorcha y encendió el pebetero.

Días después, durante un partido de baloncesto olímpico, Muhammad Ali se presentó en la duela para recibir una reposición de la medalla de 1960, aquella que perdió, y aquella que habría querido lanzar al río.

El rostro adusto y tembloroso de Muhammad Ali se iluminó cuando sus manos entraron en contacto con la medalla que tanto mimó, que tantos años extrañó y que 36 años después tenía otra vez sobre su pecho. La observó, la besó, y finalmente sonrió.

 

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