in

Teófilo Stevenson, mi pasión fue por los puños, no por los verdes

Mi padre se puso los guantes un par de veces. Cuando me remonto a los pequeños recuerdos que me quedan en la cabeza, y lo veo cortando caña o dando clases de inglés, me doy cuenta que eso era lo suyo, pero nunca olvido que se puso lo guantes unas cuantas veces. Al final los guantes eran cosa mía, pero siempre se lo agradecería, yo empecé por él.

Crecer en Cuba te hace apreciar las pequeñas cosas que tienes. Nuestra sangre hierve más caliente que la de los demás, por eso hacemos las cosas por pasión, pasión y más nada. Me ofrecieron millones de dólares para convertirme en profesional, pero yo solo quería golpear. El dinero nunca me importó.

Nunca me pude enfrentar a Ali, pero siempre han dicho por ahí que yo hubiera sido su mayor oponente. Eso no lo sé, pero sí sé que siempre quise seguir sus pasos, no como boxeador, sino como ser humano. Ali sí era el más grande de todos, pero más como ser humano, que como boxeador.

¿Qué por qué no acepté el dinero? Porque más vale el amor de ocho millones de cubanos, que el valor de un millón de dólares. Mi tierra entendía mis puños y afuera, golpear no tendría el mismo sabor a melao de caña.

Si me hubieran dicho que a los 20 años yo iba a viajar a Alemania, ni me lo hubiera creído. Cuando estaba allá casi no podía pronunciar el nombre de la ciudad, pero no me importaba.

Mis puños eran los que tenían que hablar; y lo hicieron cuando le di con todo lo que tenía, que no era mucha experiencia, pero sçi mucho corazón, y le gané a Ludwik.

Luego todo Cuba me vio ganarle a Duane Bobick, a ese se las tenía juradas; me había ganado, pero mi Cuba me estaba viendo, así que le di el melao de caña. “La esperanza blanca”, le decían. ¿Esperanza? Esperanza tenía mi pueblo, mis ancestros y les mostré el respeto.
Ya para la final, le gané a un tal Peter de quien siempre olvido el apellido, pero le agarré cariño, me dijo que nunca vio mi derecha y que cuando la podía ver, era cuando ya la tenía en la quijada. Hubo otro que no apareció para la pelea, pero creo que ya había probado mi punto.

Ahí mismo nos vinimos a Cuba, mi equipo yo trajimos bastantes medallas; las primeras de oro que tendría Cuba. Douglasito se llevó una de bronce. Orlando Martínez, yo le decía romerito, agarró la de oro. Emilio Correa, pero Emilio el padre, se ganó otra de oro. Gilberto Carillo con una de plata y yo con otra de oro.

Ese día recordé cuando mi profesor del colegio le dijo a papá que lo mejor era que yo boxeara, porque eso era lo que yo quería y allá en Alemania creo que todos se dieron cuenta.

También recordaba a Herrera, enseñándome el jab un día. A mí se me olvida todo, pero nunca se me olvidó ese jab, luego Segarra y Chervo me enseñaron a mejorarlo, eso sí. Ahí vinieron las ofertas, un argentino que decía que me podía dar una bolsa llena de verdes, las únicas verdes que yo quería eran las guayabas de casa de mi tía. Otro fue un norteamericano que andaba diciendo por ahí que me daría millones por pelear contra Frazier, nunca supe si fue cierto, pero tampoco me importaba. Yo quería enseñarles unos cuantos puños a los niños de Cuba y estudiar un poco.

Cuanto tienes pasión por los puños, no hay verde que te compre. Los únicos verdes que yo quería eran los Papayones, las guanábanas, unas cuantas chirimoyas y seguir peleando, porque en el boxeo, que te levanten la mano y todo tu barrio grite tu nombre, es la mejor paga.

El Canelo subió a su coche, tomó la carretera, le subió a la música y…

“Rigondeaux debe ser más entretenido en su boxeo”: Bob Arum